El país de las trampas

"Copiar un examen, conseguir por anticipado las respuestas, ""comprar"" profesores, esconder el tradicional ""acordeón"" y ahora usar teléfonos celulares y aparatos iPod para hacer trampa en los exámenes escolares de todos los niveles educativos no debe ser visto como una travesura juvenil, sino como la base de una pirámide de corrupción que debilita al país. Las anécdotas estudiantiles que festejan dichos actos como un triunfo del ingenio son en realidad la expresión máxima de nuestra nefasta cultura del autoengano. ""Miénteme más que me hace tu maldad feliz"", dice el popular bolero.

A decir de la UNESCO, la obtención de un grado que no se merece y el fracaso del sistema educativo que, al permitir las trampas en su entorno, avala otras, por lo general mayores, como la malversación de fondos, licitaciones públicas amanadas, ascensos dudosos a profesores y títulos de universidades ficticias, ponen en riesgo a la educación en México.

La Secretaría de Educación Pública reconoce, a su vez, que 200 mil alumnos, de un universo de 9 millones de evaluados por la prueba Enlace hace dos meses, copiaron, pero dice que la cifra es ""un logro"", pues el ano anterior fueron detectados 400 mil tramposos. Pírrico triunfo. Si desde el hogar los ninos observan el aval paterno a la realización de actos ilícitos, la semilla de la cultura de la ilegalidad queda sembrada.

El panorama se complica cuando el mensaje se refuerza en la escuela: califica mejor el que sabe hacer las trampas, el que usa cualquier medio para enganar en el examen, no necesariamente quien sabe más.

De ahí nos vamos al sistema político y al mundo de los negocios salpicados por el odioso lema: ""el que no transa no avanza"", acunado durante regímenes del PRI y adoptado con gusto por la picaresca nacional.

Con el tiempo hemos caído en cuenta de que no sólo la vieja guardia de ese partido hegemónico era proclive a la ilegalidad, sino que muchos que asumen posiciones de poder en México están en una situación muy vulnerable frente las tentaciones, sin importar sus siglas partidistas o colores políticos.

Un país que no respeta la legalidad es poco confiable para las demás naciones. La percepción de que en México con dinero todo se puede es un estigma que tardará anos en revertirse, pero que debemos comenzar a desmontar desde su base: la educativa. El problema va más allá de lanzar campanas mercadotécnicas de afiches y comerciales, pasa por una revolución de las conciencias y por una verdadera cruzada que endurezca los estándares de calidad educativos con base en el convencimiento de que un país de cínicos y de tramposos no logra una nota aprobatoria para dar un nivel adecuado a sus ciudadanos. En esta labor los maestros son una pieza vital. Si ellos están corrompidos, poco se podrá hacer por el resto del país.

No se trata de aspirar a convertirnos en una nación de ángeles por decreto, sino en una donde los límites de lo tolerable socialmente estigmaticen a quien pretenda pasarse de listo.

Un nino que copia no es un genio en potencia, sino una tuerca oxidada en nuestro motor nacional, aquel que, nunca se nos debe olvidar, hay que aceitar con otro lubricante que no sea el del engano, el abuso y la corrupción. (El Universal)

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