El Rincón Catracho, un lugar invadido por la envidia

Cuando instaló su comedor Rincón Catracho en Palenque para ayudar de alguna forma a sus paisanos indocumentados, la hondureña Rocío Yamilet Rico Díaz no pensó que pisaría la cárcel injustamente casi 28 meses ni que sus acusadoras, dos jovencitas migrantes de su país, aparecerían muertas un día después de su detención.

Su éxito, que según ella no le perdonan autoridades y habitantes de Palenque, fueron las baleadas, una comida típica de Honduras hecha a base de tortillas de harina con frijol, queso, crema, huevo, chorizo, aguacate, que consumían sus paisanos indocumentados, cuyo ingreso a México en busca del llamado sueño americano se incrementó en los años recientes.

Acusada de los delitos de extorsión y asociación delictuosa, la hondureña trató de aprovechar el tiempo y cursó en la prisión la secundaria en un año, con los maestros asignados por el penal, y a sus 42 años de edad pretende estudiar la preparatoria.

Rico Díaz contó en entrevista que a diferencia de la mayoría de sus paisanos, no emigró por necesidad ni por la inseguridad, sino por violencia intrafamiliar. “Vivía con una persona que cuando no tomaba era una linda persona. En lo económico no tenía problemas, pero de qué sirve la comodidad si moralmente no estás bien”, explicó.

A 14 años

Dijo que cuando llegó a Palenque hace 14 años, “la migra nos correteaba despiadadamente por las vías del tren para cazarnos como si fuéramos animales”.

Poco tiempo después de su llegada, narró, se empleó de ayudante de cocinera en un comedor en Palenque y luego ascendió a cocinera. Posteriormente instaló una tienda, ya con su marido de origen tabasqueño, con quien procreó dos hijos, pero siempre sentía la envidia de sus vecinos.

Después instaló un comedor al que denominó Rincón Catracho, asegurando que “tenía cargo de conciencia y como una samaritana que era, quería ayudar a mis paisanos migrantes”.

Entonces, agregó, “empecé a hacer las mentadas baleadas que fueron mi éxito, sobre todo entre los hondureños. Rentaba cerca de las vías del tren, un local de dos por dos metros, sin sillas ni mesas, pero llegaban 600, 800 o más personas diariamente, a las que a veces no les cobraba los alimentos”.

Señaló que fueron sus paisanos los que le pusieron el nombre de Rincón Catracho al comedor y fueron conociendo más.

“Todo el tiempo estaba lleno, por lo que renté un terreno y los mismos paisanos me construyeron la caseta sin cobrarme, pero ya había envidia de por qué me iba bien a mí”, aseguró.

Afirmó que varios de sus clientes compraban cerveza en la tienda de enfrente y luego llegaban a comprar baleadas, lo que ocasionó que muchos dijeran que Rico Díaz vendía bebidas clandestinamente.

Drogas

Madre de cuatro hijos y abuela de un bebé que nació mientras ella estaba presa, Rocío comentó que debido a que la demanda era mucha, puso otro comedor. “Y algunos decían que de dónde sacaba dinero, que a la mejor estaba vendiendo droga, pero gracias a Dios no tuve necesidad de eso. Mi negocio fue siempre limpio, un espacio donde las personas no visualizan el carácter humano para los demás. La gente llegaba y decía, ya llegamos a casa, aunque nos falta mucho recorrido. Me pedían dónde dormir”.

Dijo que en febrero de 2013 la policía realizó sin orden de cateo un operativo y le destruyó el local, supuestamente buscando drogas. No encontraron nada. Luego interpuso una denuncia pero no pasó nada. El 28 de mayo de 2013 los agentes realizaron un nuevo operativo y le pidieron que fuera a declarar ante un agente del Ministerio Público.

Sentencia

Afirmó que su hijo de 17 años de edad se quedó a cargo de los tres hermanitos y del comedor “solo durante seis meses porque los policías no lo dejaban trabajar”. Ella fue internada en el penal ubicado en el vecino municipio de Playas de Catazajá, donde un mes más tarde fue trasladada al reclusorio situado en San Cristóbal y al año la sentenciaron a diez años de prisión.

Dos años y cuatro meses estuvo presa, quedando libre el 15 de septiembre de 2015. Nomás me dijeron: “señora, esto va a comenzar de nuevo y me dijeron que tenía 148 horas para presentar pruebas”, por lo que pidió un careo con sus acusadores, pero no llegaron. Al tercer día le hablaron y dijeron: “señora, ¡auto de formal libertad por falta de pruebas! Después de dos años cuatro meses”.

Sin resentimientos, su conclusión es que “lo que querían era desaparecer el Rincón Catracho, esa era su meta. No querían que yo apoyara a los migrantes porque tienen la falsa idea de que todo hondureño es un hijo delincuente; querían destrozarme totalmente”.

Una vez que obtuvo su libertad, Rocío se instaló con sus hijos en la llamada Casa Ceresa, que forma parte del proyecto de intervención psicosocial en cárceles y juzgados, que bajo la coordinación de Patricia Aracil Santos, lleva a cabo el Equipo de Atención Psicosocial  para situaciones de violencia y exclusión social, formado por estudiantes, académicos, profesionales de distintas universidades y de la sociedad civil.

“Muchas veces pensamos que en la cárcel hay muchos delincuentes, pero eso es ciencia ficción. Las autoridades nos hacen delincuentes. No todos los presos son delincuentes ni gente mala. Y si hay gente que ha hecho algo tiene una segunda oportunidad porque las mismas autoridades no te dejan trabajar limpiamente. Yo daba pláticas de capacitación, de reflexión, a mis compañeras. Algunas son débiles y no aguantan y hasta piensan en suicidarse”, relató Rico Díaz.

En la cárcel, reiteró, “aprendí el lado humanitario, que ya lo tenía pero no tan concientizado. Aprendí muchas cosas. Hay mucha gente inocente, a veces veo a las indígenas que están presas solo por no saber español, aunque hay culpables también”.