"Hillary Rodham Clinton cree que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ""no ha cumplido su promesa"". Barack Obama, su competidor por la candidatura presidencial demócrata, cree lo mismo y de hecho le atribuye la pérdida de un millón de empleos.
Y por razones políticas, los dos mienten con la verdad, aun cuando los hechos y las necesidades harían ideal una revisión del TLCAN, al menos para actualizarlo y revisar lo que ha funcionado y lo que no. Pero, con franqueza, la idea de que ""si no revisamos nos salimos"" es una vez más una formulación de nino malcriado.
La amenaza como método de negociación puede sonar muy bien en Ohio, donde millares de personas se sienten afectadas por el acuerdo -y a las que sus políticos les dicen que han sido afectadas por el tratado-, pero es innecesaria en términos del trabajo internacional.
De hecho, la formulación resulta un mentís a la presunta experiencia de la senadora Rodham Clinton o el supuesto ""nuevo estilo"" del senor Obama. En realidad, y por razones político-electorales, al igual que muchos enemigos y críticos del TLCAN en Canadá y México, los políticos estadounidenses atribuyen a una herramienta los pecados y las insuficiencias de sus propios sistemas.
La pérdida de empleos en Estados Unidos no comenzó con este acuerdo. Mucho antes de que estuviera siquiera en negociación ya había una fuga de empleos industriales de tierras estadounidenses, en busca de menores salarios o mejores facilidades y ventajas de producción.
Muchos sociólogos afirman que EU es una sociedad postindustrial, donde cierto tipo de empleos ya no tiene razón de ser. De ahí que las empresas automotrices tradicionales -con su cauda de industrias relacionadas- estén en crisis y las nuevas plantas se resistan a contratar barrenderos de 20 dólares la hora. El resultado: el ""sueno americano"" de personas con poca instrucción se ha evaporado.
El culpable fácil es el TLCAN. Es menos complicado que exhortar a la población a reentrenarse u ofrecerle las posibilidades de hacerlo. Mucho antes de que el tratado estuviera en funciones había ya problemas de insuficiencia en la producción alimentaria del agro mexicano, amén de que el drama de una muy desigual distribución de la riqueza es para vergüenza nuestra una característica de siglos.
En el caso de Canadá, los canadienses enfrentan desde hace anos su condición de capitalismo dependiente respecto de Estados Unidos y por décadas han tratado de marcar sus diferencias a como dé lugar.
Pero el TLCAN no es responsable de esos problemas. En términos reales los ha exacerbado y tal vez llevado a los límites de la resistencia.
La revisión puede ser correcta y aun benéfica. Tratar de jugar al nino berrinchudo y llevarse la pelota porque las cosas no funcionan como ellos quieren sería ingenuo, si no es que pudiera tener consecuencias tan adversas para los tres países.
Aunque en lo que es un proceso interno por lo pronto no les parezca importante, la forma en que Rodham Clinton y Obama se refieren al TLCAN resulta una pobre recomendación de su capacidad internacional. (El Universal).
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