Secretario de Educación hay uno, maestros de primaria y secundaria hay 800 mil (aunque son un millón 700 mil plazas las que se pagan). Incluso si se le quitara por completo el sueldo al primero, por muy oneroso que sea, la ganancia para el erario sería mínima. Ese mismo principio aplica al resto de la administración pública. Entonces, ¿por qué insistir en reducir el despilfarro destinado a pagar a los altos funcionarios? Es un principio de justicia necesario para desmontar el sistema de privilegios que tenemos en México no sólo para los políticos, sino para sindicatos, empresarios y clientelas.
En las próximas semanas el Congreso decidirá cuánto y quiénes habremos de pagar impuestos. Además, definirá cómo se distribuirá el dinero público durante 2011 entre gobiernos estatales, secretarías de Estado y demás rubros gubernamentales. Como parte de este análisis presupuestal, el Senado realizó un estudio en el cual concluye que la alta burocracia del gobierno federal se ha mantenido prácticamente intocada pese a que el país vive momentos difíciles en materia económica. Desde mayo pasado este diario reveló que el número de plazas de puestos directivos a nivel federal había aumentado en 17 mil 298 de 2009 a 2010.
El gobierno federal no es el único derrochador y quizá ni siquiera sea el peor. Hasta hace un año los gobernadores de los estados de México, Aguascalientes, Jalisco y Nuevo León tenían un sueldo mensual mayor que el del Presidente de la República y más alto que el de los presidentes de Argentina, Brasil y Chile. Los diputados del Edomex ganan 235 mil pesos mensuales. Los diputados federales se reembolsan a sí mismos los impuestos que -como todos- deberían pagar.
A nadie le gusta perder beneficios, pero las resistencias de sindicatos, empresarios, políticos y clientelas serían menores con un gobierno federal dispuesto a ser el referente ético. ¿Quién va a reclamarle recortes presupuestales y reducción de canonjías a un funcionario que estuvo dispuesto a sacrificar sus beneficios y a hacer transparente su gasto?
En el imaginario de mucha gente el Presidente de la República sigue siendo un ser todopoderoso capaz de sacar dinero de la chistera. A eso nos acostumbró el autoritarismo. No hay mejor manera de desmontar el mito que haciendo del primer mandatario un ejemplo de austeridad y el mejor momento para hacerlo es éste, cuando se discute el presupuesto del próximo año. Ese sí que sería un golpe de timón. (El Universal)











