El voto de castigo

"No existe una regla aceptada por los expertos que dé cuenta con certidumbre del comportamiento electoral y sus variaciones en las democracias modernas. Tanto una copiosa concurrencia en las urnas como un marcado abstencionismo se pueden deber a un sinnúmero de causas coyunturales y estructurales. Por ello, no hay encuesta confiable ni cálculo infalible para anticipar con precisión quién o qué partido va a ganar una elección, cuál será el grado de participación o de abstencionismo, qué campana será exitosa y cuál un desastre. Con todo, una cosa es cierta: en aquellas democracias en las que se ha registrado al menos una vez una concurrencia elevada a las urnas por parte de la ciudadanía, un repentino descenso en dicha participación o un incremento considerable del abstencionismo no se explica por razones de una cultura política escasamente democrática que aleja a los ciudadanos de las urnas, sino al contrario: por la existencia de una ciudadanía lo suficientemente madura e informada como para discernir que la oferta política que se le presenta es pobre y por tanto no merece ser respaldada en las urnas.

Consideraciones así son importantes, porque es muy frecuente descargar en los ciudadanos las insuficiencias de partidos y candidatos para conectar con sus potenciales seguidores. Por esta vía, el abstencionismo vendría a ser la expresión de una ciudadanía poco participativa y políticamente apática. Obviamente, pintar las cosas de ese color es muy cómodo para los políticos profesionales, pero no hace justicia a los hechos. Así como no hay una regla que explique puntualmente las variaciones en el comportamiento electoral de una elección a otra, tampoco el abstencionismo es sinónimo de una pobre o escasa cultura democrática, sino de una ponderación más o menos razonada de la mayor o menor utilidad del voto.

Teóricamente, las razones del abstencionismo pueden ser muchas y muy complejas: creciente malestar hacia la clase política, desencanto con la democracia y hartazgo hacia los partidos o existencia de un umbral elevado de confianza o aceptación de la democracia electoral que en lugar de motivar la participación la mantiene en niveles mínimos. Ambos casos -el malestar y la confianza básica-, aunque contradictorios entre sí, tienen algo en común: nacen de la sensación o percepción de que gane quien gane, para bien o para mal, con la democracia no pasa nada, o al menos nada decisivo y trascendental como para involucrarse activamente. Obviamente, la primera razón del abstencionismo -el malestar- es más frecuente en democracias poco consolidadas y con fuertes tradiciones autoritarias no muy lejanas en el tiempo, mientras que la segunda -la confianza básica- es típica de democracias consolidadas y de larga data.

De acuerdo con lo anterior, no es descabellado anticipar que el principal protagonista en las próximas elecciones federales intermedias y en la gran mayoría de las elecciones locales concurrentes será el abstencionismo. Podrá ganar un partido la primera mayoría en el Congreso; otro, alguna plaza municipal o estatal relevante; un tercero caerá en sus cálculos más optimistas. Pero en todos los escenarios, los ciudadanos nos sentiremos menos estimulados que en otros anos para asistir a la cita. Y entre las razones posibles, la que prevalece en México es el malestar hacia la clase política más que la confianza básica a la democracia. A riesgo de ser muy general, la lectura prevaleciente entre muchos electores se acercará a la siguiente: el PAN tuvo su oportunidad, pero ha sido un fracaso en el poder; el PRD merece su oportunidad, pero sus élites se la pasan destruyéndose entre sí; el PRI está siendo prudente y busca capitalizar el desgaste de los demás, pero no deja de ser el inefable ""partidazo"" de la era autoritaria; y la chiquillada ha exhibido siempre grandes dotes de oportunismo y falta de compromiso con las causas nacionales.

En consecuencia, diremos muchos: ""zpara qué votar? Todos los partidos son un asco, y además no tienen ningún compromiso con la ciudadanía"".

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