Me tocó crecer en los zoológicos desde el inicio y la alborada de lo que hoy es conocido como ZooMAT. Recibimos la cultura zoológica desde la niñez y lo que hoy es un referente a nivel mundial, pues el Zoológico Miguel Álvarez del Toro está mas allá de polémicas aldeanas y señalamientos infantiles.
En los años sesentas, doña Lolita, como decían sus amigas a mi madre, dejaba de comprarnos zapatos porque los monos tenían hambre y el presupuesto del parque no alcanzaba. Tal fue el nivel de cercanía con los animales que tuvimos desde niños y a la fecha esa es nuestra familia espiritual; los animales son sorprendentes, inteligentes emocionalmente y mágicos en su evolución.
Por ello mi padre, Miguel Álvarez del Toro, desde el inicio tuvo como meta formar una colección científica de animales representativos del estado, lo que le dio identidad y pertenencia al sitio y lo diferenció de otros zoológicos que exhibían fauna de otros continentes, pero no la propia, que es mas valiosa.
Frecuentemente, en las instalaciones donde hoy está convivencia infantil y el Teatro de la Ciudad —originalmente sitio del Zoológico y el Jardín Botánico—, nos visitaban Ray Pauley, del Zoológico de Chicago, y otros científicos de San Diego, que se transportaban en casas rodantes y aparcaban por días frente a la casa, esa zona era aún campo silvestre.
Desde el primer zoológico hasta el contemporáneo ZooMAT, se desarrolló paralelamente la investigación biológica de la fauna, un sentido de protección y atención y bienestar al mundo de los animales.
Don Miguel inculcó esa mística al más humilde de sus empleados, a sus amigos y a toda la ciudadanía de esos años, sin discursos, con el puro ejemplo como forma de vida.
Este sentimiento transgeneracional es ya un fenómeno por su capacidad de resistencia; fue un proyecto diseñado con un blindaje moral desde el principio y fundamentos de lo que hoy se conoce como bioética.
El zoológico ha sobrevivido a todo: a la ciudad desordenada y ruidosa, a enfermedades urbanas, al crecimiento poblacional, a la invasión de sus áreas y a los cambios administrativos sexenales. Es una universidad de conocimientos invaluables que han heredado varias generaciones y puesto en practica hasta nuestros días.
Biólogos, como Gerardo Cartas y Antonio Ramírez, han elevado la exhibición pública de fauna a nivel de creación artística, siguiendo la tradición de Cesar Domínguez, dioramas perfectos y ambientados correctamente.
El trabajo de Avenamar Pozos con los quetzales —que ya es referente mundial—, los logros de la guardería animal de Rosario Aquino, Alex en la Casa Nocturna, el aviario y el insectario, la reproducción de tapires y jaguares, el resguardo de especies y la museografía hablan por si mismos y sus resultados están a la vista.
Por ello causa pena ajena la pobreza intelectual en las redes sociales, de señalamientos que buscan sorprender al público con afirmaciones que no son nada frente a la enorme carga histórica y probada solvencia de una institución como lo ha sido el Instituto de Historia Natural y el Zoológico.
Las descalificaciones a la ligera y la defensa justificante innecesaria, solo exhiben una mentalidad muy provinciana y un afán de desprestigiar, con recursos viles la miseria social y las carencias de un proyecto que sobrevivirá por muchos años como un legado patrimonial de la humanidad.












