Eligio, la última voz de Tuxtla

Eligio, la última voz de Tuxtla

En Tuxtla, los puestos de venta de periódicos están al borde de desaparecer, cada vez hay menos y con ello el oficio de voceador, como el de José Eligio Valencia Sánchez, considerado el voceador de periódicos con más años de trayectoria en la capital.

Desde 1976, Eligio ha recorrido las calles del centro de la capital chiapaneca con un periódico bajo el brazo. Recuerda que en sus inicios corría para ser el primero en vender todos sus ejemplares y hoy, medio siglo después, únicamente instala un pequeño puesto en una esquina del Parque Central.

En el oficio, es la persona con más años de trayectoria, y lo dice con total seguridad, sin soberbia: “de los voceadores, soy el más viejo vendiendo periódicos”.

Es el voceador de periódicos con más años de trayectoria en Tuxtla Gutiérrez. Originario de Jiquipilas, de la colonia Andrés Quintana Roo, llegó a la ciudad siendo niño, tras quedar huérfano de madre. Fue su primo, también vendedor, quien lo introdujo en el oficio. Desde entonces no ha parado, “desde ese día hasta ahorita sigo vendiendo”, contó para Cuarto Poder.

Normalista de profesión

Eligio Valencia es egresado de la Escuela Normal del Estado, generación 1984. Aunque obtuvo el título de normalista, nunca ejerció la docencia. Toda su vida se dedicó a vender periódicos.

Sus hermanos también fueron voceadores, pero ellos sí decidieron trabajar acorde a lo que estudiaron. Él, en cambio, prefirió quedarse en las calles, con el periódico impreso como compañero de vida.

Contacto con Cuarto Poder

No recuerda la fecha exacta, pero su primer contacto con el periódico Cuarto Poder fue en la época del linotipo, cuando la maquinaria era la que daba vida a la impresión.

Ahí conoció a Jesús López, encargado de hacer el periódico. Más tarde trabajó ayudando a don Conrado de la Cruz, propietario de Cuarto Poder, en los años en que el diario comenzaba a volverse grande.

Recuerda aquella época con afecto: “Era un periódico grande de tamaño, era como una sábana. Lo hacíamos nosotros, era muy bonito”, reconoce y asegura que siempre era el más buscado por las personas.

El zapatismo y el sindicato

Todo cambió en 1994, con el alzamiento zapatista. Ese año se disparó la venta de periódicos en Chiapas, a nivel nacional e internacional, incluso. Mucha gente de fuera llegó al estado para cubrir el movimiento.

A partir de entonces se decidió formar el sindicato de voceadores y don Conrado de la Cruz, junto con su hijo Conrado, pagaron el registro del gremio, recuerda Eligio.

En aquel entonces llegaron a ser entre 160 y 170 voceadores, en contraste con la actualidad: entre los del sindicato y otros grupos, ya nada más quedan 11 integrantes.

Don Conrado y la época tortuosa

Eligio Valencia guarda un profundo respeto por don Conrado y en particular recuerda con claridad cuando hace años tuvo un problema con Vicky Rincón, pues había corrido a Marcos Hernández, uno de los voceadores de la ciudad, quien padecía una condición que le impedía caminar bien.

Eligio declaró en ese entonces: “Si la presidenta Vicky Rincón quiere guerra, guerra tendrá”.

Al día siguiente llegaron inspectores y policías hasta donde se instalaba para vender periódicos y fue don Conrado quien intercedió por él, caminando desde el periódico hasta el Parque Central.

Lo citó a las 7 de la noche en el conocido restaurante Bonampak. Lo llevó en su carro para hablar con el diputado Enoc Araujo. Ahí intervinieron en el asunto que esa misma noche se resolvió.

También hubo tiempos turbulentos durante el gobierno de Pablo Salazar, cuando les prohibieron vender el periódico Cuarto Poder. “Hubo una represión fuerte”, recuerda, aunque prefirió olvidar esos momentos complicados.

El último eslabón del periodismo

“Doy gracias a Dios que hay periódico, hay periodismo. Yo soy el último eslabón del periodismo: desde el director, los diseñadores, los columnistas, los periodistas… yo como voceador soy el último eslabón”, hace notar Eligio.

Agradece a quienes compran periódicos, reconoce que hay que tener carácter para estar cinco o seis horas en la calle y sin dudarlo asegura que mientras tenga vida, seguirá al frente de su puesto, aunque teme que cuando ya no esté ya no haya nadie quien ocupe su lugar.