Mientras las autoridades del Distrito Federal tienen su atención concentrada en otros temas, la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) de Estados Unidos las alertó sobre las novedosas modalidades con las cuales el consumo de drogas sintéticas ha tenido incrementos en los últimos anos, principalmente entre los adolescentes.
Aceites, líquidos, pastillas, polvos y yerbas con sabores de naranja, uva y vainilla que desinhiben, estimulan o sedan y excitan, se toman en fiestas, encuentros y otras celebraciones, con danos severos para rinones, pulmones y cerebro de quienes las consumen e, incluso, llegan a causar comas y fallecimientos.
La mayoría de las víctimas tienen entre 13 y 19 anos, según la encuesta de 2003 de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco en Estudiantes del Distrito Federal.
El catálogo fue preparado por la Agencia Antidrogas (DEA) estadounidense y puesto en conocimiento de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal. Las drogas se preparan clandestinamente con sustancias químicas de fácil adquisición.
El problema tiene varias vertientes. En primer lugar, exhibe la poca eficiencia de las campanas que ruidosamente se pregonan en los medios de comunicación sobre el combate al narcomenudeo y la estricta vigilancia en los alrededores de las escuelas y entre los jóvenes. Parece mentira y es muy grave que haya sido necesario que una agencia extranjera informe a las autoridades locales lo que pasa en su jurisdicción.
En segundo lugar, desestima el grave dano que se ocasiona al sector juvenil de México, el más vulnerable para ser presa de las mafias del narcotráfico, la potencial desestabilización social que se está provocando y el alto riesgo a la seguridad nacional, por la capacidad de violencia extralegal que tienen las bandas del crimen organizado.
Es imposible que las autoridades del Distrito Federal no tengan idea del grado de avance de la drogadicción, y no es descabellado suponer que hay intereses económicos, políticos y muy influyentes, en juego para que la delincuencia organizada sea uno de los pocos sectores que mantienen una alta tasa de crecimiento exitoso, sostenido e impune.
La descomposición de la seguridad es en verdad un problema de la mayor magnitud y se requiere de una gran exigencia a las autoridades para que atajen la amenaza, o al menos eviten que siga aumentando.
Hay muchas explicaciones para las causas de la drogadicción, desde las angustias y frustraciones individuales hasta la emulación social para incorporarse al grupo de falsos amigos. Pero evidentemente los alcances de la mercadotecnia de los productores y distribuidores de droga tienen mucho trabajo invertido en el ascenso del número de consumidores.
Cuando la droga es fácil de adquirir, tiene precios accesibles y hay autoridades omisas o cómplices, el auge está garantizado. Este es un problema del actual jefe de Gobierno del Distrito Federal, que si no lo soluciona, lo heredará al nuevo titular de la entidad; no es el único y él lo sabe.
En ambos casos, es su responsabilidad y esperamos prontas soluciones. (El Universal)











