En época prehispánica la muerte no era el fin

En época prehispánica la muerte no era el fin

La celebración del Día de Muertos tiene su origen en la época prehispánica. Diversas culturas tenían varios periodos a lo largo del año para celebrar a sus muertos. Las más importantes se realizaban al término de las cosechas, entre los meses de septiembre y noviembre.

El profesor-investigador del Centro del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de Chiapas, Javier Montes de Paz, destaca que si bien hubo una imposición por parte de las culturas occidentales, en Chiapas todavía tenemos elementos y calendarios apegados a la época prehispánica, como es el caso de San Juan Chamula.

La muerte no era el final

Para las antiguas culturas, explica, la muerte no determinaba el fin de la existencia. Uno fallecía y continuaba en un proceso, por eso “se habla del inframundo y de ahí que al fallecer, el cuerpo se ofrende con utensilios como el jade o un olote en la boca”; este último era un alimento, por si el fallecido se había ido con hambre y el jade, una forma de dinero.

El antropólogo físico subraya que hay que comprender la concepción y celebración a los muertos, la cual regularmente se realizaba a través de un espacio o rito funerario en donde el individuo fallecido era ofrendado y recordado.

Sin embargo, aclara, hay “una diferencia abismal” entre la ofrenda prehispánica y la ofrenda producto del sincretismo de las culturas occidentales y americanas.

“Hay vestigios en el que al fallecer, a un niño se le ofrendaba un perro o xoloitzcuintle para que este lo cuidara en su transitar por el inframundo, algo que a lo mejor nadie nos creería y son las cosas que al arribo de los españoles, les llama la atención, lo niegan y empiezan a crear sus propios elementos”, explica.

En ese contacto todo fue visto con suma violencia, hubo una asociación con lo demoniaco, se asustaron y generaron una intolerancia, motivo por el cual, al imponerse fueron modificando la celebración.

En Europa, en el siglo XIII se celebraba el día de Todos los Santos; durante estas fechas las reliquias de los mártires católicos eran exhibidas para recibir culto por parte del pueblo.

En el siglo XIV se fusionó con la celebración de los Fieles Difuntos, celebrándose un día después de Todos los Santos, y tenía el propósito de recordar a los fallecidos por diversas pandemias como la peste negra.

Esto generó una sincronía con las celebraciones prehispánicas y al tiempo, el Día de Muertos se redujo a tan solo dos días, el 1 y 2 de noviembre, sin embargo, en algunas regiones de México y Chiapas se celebra durante siete días o más.

Calendario prehispánico

El antropólogo expone la temporalidad de las celebraciones prehispánicas hacia los muertos. Iniciaban el 28 de octubre, momento en el que se prepara una porción del altar, se prendía la primera veladora y se colocaba una flor blanca, elementos que significan el recibimiento de las ánimas que vienen solas.

El 29 de octubre se prendía otra veladora y se colocaba un vaso de agua y estaba dedicado a los difuntos olvidados y desamparados.

El día 30 del mes se prendía una nueva veladora, se colocaba otro vaso con agua y se ponía un pan blanco; esto era para los difuntos que se fueron sin comer o los que tuvieron algún accidente.

Para el 31 de octubre se prende otra veladora, se coloca otro vaso con agua y otro plan blanco; este día se espera “a los muertos de los muertos, los ancestros, es decir, nuestros bisabuelos y tatarabuelos”.

Destaca que el 1 de noviembre, fecha del día de Todos los Santos, en las culturas prehispánicas se esperaba la llegada de quienes fallecieron siendo niños; se colocaba toda la comida en el altar, que consistía en calabazas, tamales, maíces y todos los elementos que se producían después de la cosecha.

Además se realiza una pamema, “los niños simulan que están sedientos y que tienen hambre y realizan la petición del famoso olotillo”.

El día 2 de noviembre o de los Fieles Difuntos, la creencia precolombina rondaba que acudían las almas de los adultos, quienes llegan a recoger y comer las ofrendas que su familia colocó en el altar, se quema incienso, copal y se adornan los caminos con pétalos de cempasúchil para guiarlos hacia la ofrenda.

Todo el ritual termina el 3 de noviembre, momento en el que se prende la última veladora blanca, se quema copal y se despide a las almas de los muertos pidiéndoles que regresen el otro año.

Si bien el investigador expresa que en Juan Chamula se conserva la celebración conforme a estas concepciones y días, precisa que “no dudo que existan otras comunidades sobre todo por la región de Bonampak y la Selva donde se preserven esas costumbres”.

Transculturación

Sobre la situación actual de la celebración, sostiene que el proceso de transculturación y aculturación está afectando aún más esta cosmovisión prehispánica. “La gente celebra el famoso Halloween, algo que tiene raíces en países europeos y que se aleja mucho de nuestra cultura”.

Sin embargo, también hubo adopción, por lo que el antropólogo destaca que los códices dicen que cuando los españoles llegaron, quedaron atónitos al ver “nuestras celebraciones catalogándolas como grotescas y criminales”.

Pero elementos como el Tzompantli, un altar en forma de bastidor donde se montaban ante la vista pública un conjunto de cráneos empalados con el fin de honrar a los dioses o generar intimidación a pueblos vecinos.

“Lo curioso es que los europeos retoman este elementos y se los llevan a Europa donde hay diversas iglesias, capillas y monasterios que están construidos hasta con muros de 18 metros con huesos, y eso lo adoptaron de nuestros los altares prehispánicos”, concluyó.