"Alejandro Páez Varela * El Universal. En una esquina del centro histórico del Distrito Federal duermen, comen, defecan, existen, se drogan y dejan de sonar varios jóvenes de entre los 12 y los 20 anos de edad. Muchos de ellos han perdido la cordura: gritan, aúllan, manotean, andan semidesnudos, se pelean o, en cuclillas, simplemente fijan la vista en las llantas de los autos de esos miles que, como yo, pasamos a diario por esa zona cero de la miseria humana. No creo que hayan probado alguna vez los cócteles de pastillas de Michael Jackson, a los que atribuyó el presidente de México su muerte. Inhalan solventes baratos.
Cuadras a la redonda, conviven varios periódicos, estaciones de policía (incluso su museo), oficinas del Senado de la República y el Senado mismo, y los desayunadores en los que los políticos mexicanos juegan a ser prohombres. Muy cerca están la SIEDO y la PGR, Sedesol y la Lotería de Elba Esther Gordillo. Y un poco más allá quedan la oficina del jefe de Gobierno del Distrito Federal y el Palacio Nacional, desde donde la Secretaría de Hacienda administra los pesos públicos.
Sería terrible, quiero decirlo ahora mismo, que por este artículo les echara encima a la policía o a cualquier agencia limpiadora. Por favor, no. Mejor sería que siguiéramos ignorándolos, como lo hace la Guay, la Young Men´s Christian Association (YMCA), que está justo en contra esquina. Por lo menos en esa esquina tienen un cartón de donde, seguro, saldrán muertos. No escribo para denunciarlos, sino para documentar nuestra hipocresía y lo repugnante de las políticas públicas en este país; para decir, en todo caso, que Felipe Calderón Hinojosa ha metido a México en una guerra que acumula miles de muertos hasta ahora y de la que no nos libraremos tan fácilmente, aunque estemos equivocados en la estrategia, porque el mandatario y quienes lo rodean se han convencido de que la gente la ve bien y genera simpatías. zQué importa que la estrategia no funcione? Al final ellos se irán a sus nuevas casas multimillonarias, como Vicente Fox, Ernesto Zedillo, etc., y nosotros nos quedaremos con la carga.
Me conmueve en particular una nina escuálida que hace un par de meses estaba embarazada. zQué pasó con ella y con su hijo, hija? No sé. Una tragedia, seguramente. También me revuelven el estómago los tres, cuatro más chiquillos, siempre con los pantalones hasta la cadera, llenos de mocos y descamisados, con una mano convertida en un cucurucho en el que esconden el trapito cargado de solvente. Podrían ser mis hijos, o sus hijos; las edades fluctúan entre los 6 y los 8 anos.
zDe qué sirven las calles llenas de soldados? Las verdaderas tragedias de las drogas no las atendemos: sólo respondemos a las agendas personales y a la ruta marcada por los estadounidenses, que no ha ganado (tampoco) un carajo en su lucha contra las drogas. zDe qué vale que en ciudades como Juárez estén allanando vivienda por vivienda, que tengan retenes hasta afuera de los supermercados, que los agentes de tránsito hayan sido sustituídos por militares? zDe qué sirve declararle la guerra a los narcos si no tenemos políticas sociales para quienes realmente deberían importar: los más débiles?
Una amiga periodista de Ciudad Juárez me dice que, por los temas que toca, ahora la investigan porque ""sospechan"" que ""trabaja para uno de los cárteles"". A Armando Rodríguez, al buen Choco, lo mataron. A otro, que trabaja en la radio, ""unos desconocidos"" le robaron el auto un día después de que se negó a abrir su casa a un grupo de militares encapuchados argumentando su derecho constitucional a que se le presente una orden de un juez. A otros dos los tienen sentenciados. zEsa es la guerra contra el narco? zY los derechos humanos? zY las políticas sociales? zY los desamparados, cuándo?
En una esquina del centro histórico del Distrito Federal, como en miles de lugares de nuestro hermoso país, duermen, comen, defecan, existen, se drogan y dejan de sonar grupos de inocentes a los que nadie tiende la mano. Y en lugar de ir por ellos, llenamos las calles de soldados. Da tristeza. Cuánta hipocresía.
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