Los presidentes Felipe Calderón y George W. Bush se encontrarán en Mérida para repasar la vasta y complicada agenda de las relaciones entre México y Estados Unidos en una coyuntura en la que ambos países parten de sendas encrucijadas propias y su relación bilateral funciona más por inercia que por diseno, dado que prácticamente nada se logró en el sexenio anterior.
Estados Unidos se encuentra en la encrucijada histórica de retomar la vía que lo definió como una República o desviarse por los campos desconocidos de un imperio provisto de un costoso ejército. Un país en el que se acepte la restricción de las libertades civiles de sus ciudadanos, en nombre de la lucha contra el terrorismo, y los abusos contra los derechos humanos en las cárceles de Abu Ghraib y Guantánamo, o los secuestros de la CIA en Europa en aras de un supuesto bien superior.
Hace falta una práctica de autocontención a la medida del poder del que se dispone y de la responsabilidad que implica tomar las decisiones que afectan a millones de seres en el mundo desde una capital disenada simbólicamente para que ninguno de los tres poderes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, subyugara al otro.
En México, independientemente de pasiones partidistas, lo que no está en duda es la polarización que redunda en parálisis. Desde cualquier trinchera se reconoce una conexión entre la reducción de la pobreza y la desigualdad del ingreso con la ampliación de las oportunidades económicas y la restauración de la ley y el orden.
No hay manera de eludir nuestra responsabilidad en cuanto a que la falta de acuerdos entre los mexicanos ha impedido el desarrollo en el país. Pero de muchas maneras nuestros problemas son internacionales, porque afuera están parte de sus causas y muchas de sus soluciones.
Por eso México y Estados Unidos pueden aprovechar este encuentro en el que se parte virtualmente de cero para hacer planteamientos que nos permitan a abordar conjuntamente, o al menos realizar propuestas negociadas, en temas que pueden alejarnos de nuestros demonios internos.
En estas mismas páginas, el embajador de EU, Antonio Garza, anota de qué manera los ciudadanos en América Latina en general y por supuesto en México esperan grandes cosas de la democracia, que sólo se cumplen parcialmente.
Esa desilusión puede abrir la puerta a un retroceso indeseable. Aun cuando hoy no exista más la necesidad de contener al comunismo se requiere la grandeza de un Plan Marshall, para que como en la Europa de la posguerra los países de América Latina se enfilen por el sendero que los llevará a ser vecinos prósperos, pacíficos y seguros y no naciones de resentidos que abandonen el libre mercado de ideas y productos porque con él no llegó sino la exclusión de los más y el enriquecimiento de los menos.
La reunión presidencial, que formalmente comienza manana, es una oportunidad para hacer un replanteamiento global de la cooperación y el desarrollo económico.
George W. Bush puede proyectar auténticamente una visión de Estado desde la República que tantos de nuestros héroes admiraron e intentaron emular cuando las patrias latinoamericanas se forjaron. (El Universal)











