"Heriberto Ortiz / David Morales * CP. Eraclio Zepeda, tuxtleco amable en misma medida que intelectual, conoce de frente al temor y la revolución; tiene los dedos olientes a pólvora soviética, sus pies han pisado playas teñidas con sangre, su lengua ha enseñado al mundo lo mismo que su conciencia socialista ha adquirido y la palma de su mano derecha aún se entibia con el recuerdo de la mujer que, en medio de una revelación obrera, tomó su mano y no ha soltado desde hace unos cincuenta años.
Breviario de aforismos
""El cobarde, en la guerra y cuando es apresado se hace llamar cocinero y no utiliza cuchillos (...) el pavor de todo soldado se encarna en los tanques de guerra, saurios de tiempos modernos (...) en Cuba observé negras azules que brillaban con el reflejo puro del sol (...) jugando de portero, el Che se enfadó porque evitamos chocar contra él, la igualdad no es opcional, dijo (...)""
""Fidel Castro era un excelente tirador, de dos cañonazos hundió un barco yanqui que escapaba, después patilargo como era, caminó con pasos tan grandes que era necesario correr para alcanzar su ritmo, de un escondite apareció un joven soldado invasor que apuntó al comandante Fidel, quien no frenó su andar y sin mostrar temor alguno pidió bajara su arma. El soldado invasor se rindió"".
Entrevista
Entre las paredes donde se siente cómodo, en su casa, Eraclio Zepeda explicó su vida narrada en primera persona. Así habló de su nacimiento, formación y desarrollo social e intelectual. Aquí una primera de tres entregas.
EZR: Yo no nací como Eraclio, sino como ""Laquito"", pues mi abuelo era Eraclio, mi padre ""Laco"" y yo tenía que ser ""Laquito"", el último Eraclio de una familia de escritores y gente de armas.
Nací en el Barrio San Roque, fui traído al mundo por las manos de la doctora Maza, la primera médico especializada en el parto. Casualmente la misma persona que trajo al mundo -en escenarios distintos- a Elva Macías, mi compañera de vida.
Estudié en la Primaria Tipo Camilo Pintado, una escuela que trabajaba con métodos modernos pese a no contar con la terminología pedagógica actual, era escuela activa con dos horarios.
Por las mañanas, ofrecía clases ordinarias del currículo y por la tarde, se convertía en un aparato formador. Era obligatorio aprender tres oficios: zapatería, carpintería y hojalatería, aunque después se sumó electricidad.
Pero además, había clases de baile, teatro, música y literatura. El profesor Manuel de Jesús Martínez Vázquez, maestro de sexto año que excedía por mucho su papel de docente, se hacía guía en escenarios de teatro, donde también se trabajaban textos literarios.
Había otro profesor, el maestro Carlos Cruz, joven recién egresado de la Escuela Normal que entre otras cosas forjó la idea del Periódico ""Alma Infantil"", que cada año un alumno de sexto dirigía, un periódico en que publicaban los niños Oscar Oliva, Juan Bañuelos, Jaime Sabines un poco más grande y la maestra Rosario Castellanos, que era la bibliotecaria del Icach y anotaba aportaciones. Era un periódico vivo que era tipográfica ente hecha por los alumnos.
Ese periódico se imprimía en la imprenta La Sirena, propiedad de la esposa del poeta Santiago Serrano, el ""maestro Chanti"", quien además era padre de Irma Serrano, ""la Tigresa"".
El maestro Serrano, que había vivido en Nueva York, regresó a Chiapas además con dominio de la lengua inglesa, con conocimiento de la literatura de vanguardia, que influyó en los poetas chiapanecos de ese entonces. Ese mismo poeta nos permitía trabajar en la imprenta.
El maestro Serrano tenía un trato con los jóvenes quienes debían trabajar la tipografía con sus propias manos, y preguntar mucho.
Alguna ocasión sentados en el corredor, escuchamos un chillido desde otra habitación, sonido al que identificamos como una hamaca. De pronto, apareció un pie maravillosamente arqueado, después una pantorrilla hermosamente torneada y después una rodilla. Estábamos apunto del alarido, cuando: ¡Irma, métete que los muchachos están trabajando! Gritó el maestro Serrano.
Tiempo después pasé al Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas (Icach), donde tuve la fortuna de ser alumno del maestro Andrés Fábregas Roca, uno de los más grandes educadores de Chiapas. Fue una gran suerte estar cerca del maestro, luchador de la guerra de España donde combatió con el grado de alférez de artillería.
Fue estudiante de medicina en Barcelona, pero cuando Franco en armas se levantó contra la República, él tomo su lugar en las milicias populares y combatió. A la derrota de la República llegó a un campo de concentración y después con la hospitalidad de México llegó hasta nuestro país.
En México formó parte de un grupo de jóvenes que recorrían el país jugando contra equipos locales; así fue como llegó hasta Tuxtla Gutiérrez, donde gracias a un amor quedó asentado en tierras locales.
Ninguna concepción de la cultura moderna en el Centro del estado podría explicarse sin la presencia del maestro Fabregas, gracias a él nos acercamos a nuevos escenarios de la filosofía, el materialismo histórico, materialismo dialéctico, supimos de la situación política del mundo y enfocar la lectura de grandes textos literarios que forjaron a personajes como Juan Bañuelos y Oscar Oliva.
Tiempo después ingresé a estudios universitarios militarizados, donde pasé cinco años y egresé como Teniente. Pero esta educación militarizada no fue impedimento para mantenerme en la cercanía de la transformación de América, de la lucha armada de la Revolución Cubana y el triunfo de la Revolución, misma que se vio reflejado en la eliminación total del analfabetismo en la Isla en menos de un año. Y es que el verdadero triunfo de las revoluciones, además de la igualdad, es la educación.
Mediante una invitación llegué a Cuba a dar clases sobre sociología e historia, además de literatura. Allí conocí negras ""azules"" de tan negras, además de una sucesión de colores de piel hasta llegar a rubias tan blancas que parecían eslovenas.
El 15 de abril de 1961 cuando tenía 15 días de clases en Cuba, abrí la ventana de mi habitación y observé el ataque frontal de un avión que anunciaba el inicio de la guerra de invasión.
Me había comprometido con mis padres y mi Partido (el Comunista) que iría a dar clase sin tomar partida de una eventual invasión, pero cuando intenté regresar a mi escuela a dar clases, dentro del salón de clases encontré sobre mi escritorio a un estudiante tendido que estaba siendo lavado por sus compañeros.
Allí mismo, a la escuela, llegó el pueblo; los padres cubanos se marcharon a la guerra, las madres preparaba las ropas, y los abuelos que estaban vivos aún y con recuerdos de la aún reciente Independencia cubana de España, enseñaban a los más jóvenes a hacer la guerra.
Aunque yo con preparación militar me di cuenta que mis alumnos no sabían tomar las armas. Y es que un soldado lleva su fusil como parte de su anatomía, mientras que el que no sabe tomar armas, utiliza el fusil como escoba.
Así, de pronto y sin darse cuenta, tenía un nuevo abuelo haciéndome una cantimplora y una mamá cubana zurciendo mi camisa con el número de escudaron al que pertenecería.
Después llegó la entrega de armas, primero unas rudimentarias, pero después una ametralladora soviética conocidas como Pepechas, las cuales eran de altísima modernidad, con una cartuchera para 75 útiles, que disparaba 140 cartuchos por minuto, con dos llamadores, uno de tiro a tiro y otro de ráfaga.
Mi conocimiento de las armas me valió para ser nombrado Cabo, teniendo al mando un pequeño grupo de cubanos.
Allí, en el proceso de formación de guerra, presidiendo un entierro de cubanos, Fidel Castro se presentó ante su pueblo y dijo había que combatir por la Revolución Socialista. En ese momento mis dudas se despejaron, pues un llamado de esa naturaleza convoca a todos los hombres de buena voluntad del mundo.
Días después, el día 17 de abril nos informaron que EU había desembarcado en la Península de Zapara en la Playa Girón, en una pequeña aldea de pescadores. Acto conocido como la invasión de la Bahía de Cochinos.
En el sitio, primeramente los invasores se enfrentaron a una gran defensa de los pescadores y posteriormente las guardias cubanas llegaron a la playa. Entre ellas las mías.
Cuando llegamos a la Isla la batalla estaba prácticamente resuelta, pero aún así tuvieron bajas y recibieron la orden de tomar prisioneros de guerra, pero los gringos nunca se declaraban soldados, todos gritaban ser cocineros ¡cocinero, soy cocinero!, decían.
En ese proceso, salieron al campo a reconocer la zona, cuando en una brecha encontraron el terror de cualquier soldado, un monstruo que gruñe ¡racatata, racatatacatacata, racatata, ractaa, tacatatacata! Era un tanque de guerra, que podía haber sido un saurio de tiempos modernos.
De inmediato nos tiramos al camino y rodamos hasta canales de desagüe. El cañón se detuvo frente a ellos y apuntó el cañón frente a ellos, el silencio se apoderó del momento y tras unos segundos de inmovilidad, de la escotilla del tanque salió un negro gritando ¡Patlia o muerte, patlia o muelte, venceros!
Era un tanque nuestro, nosotros no sabíamos que teníamos tanques, después regresamos a la Playa Girón, cuando llegamos nos percatamos que algunos enemigos que escapaban habían tomado un barco y marchaban de escapada. En eso apareció otro tanque que apuntó a ese barco y de dos cañonazos hundió la nave de mar.
Tras los impactos y el hundimiento del barco, naves cubanas salieron a buscar sobrevivientes. Y todos los de a pie aplaudieron al tanque del cual de pronto se abrió la escotilla y pegando un sólo salto salió de él Fidel Castro, que solamente observó un segundo los restos de la nave y se dirigió la centro del pueblo a inspeccionar los daños y las bajas sufridas.
En ese andar, frente a él apareció un joven de no más de 18 años, era un invasor estadounidense que se había ocultado en una vivienda. Apuntaba con un fusil M1 Garand contra Fidel, que sin detener el andar de sus piernas enormes y grandes pasos obligaban a sus acompañantes a correr para alcanzar su ritmo.
Fidel acompañado de su autoridad moral no frenó su andar y solamente dijo al joven militar ""muchacho tira ese fusil que te vas a comprometer""; el miliar invasor tiró el arma y se rindió ante los pasos de Fidel que siguió su andar hacia el pueblo.
Después, en el trámite de la batallas fue enviado a dar seguridad Santiago de Cuba, donde tuvo la fortuna de tener como compañero el artista chiapaneco Carlos Jurado. Juntos fueron parte de la primera línea de defensa ante Guantánamo, donde se preveía que los yanquis rompieran filas hacia Cuba.
En ese lugar, del lado cubano, había un Comisario Político, que es la figura que mantiene el alza el ánimo de los grupos armados. Era Niells Castro, un filósofo panameño con quien había estudiado en la misma escuela militar en México.
Entonces Nills había mandado a México a su esposa a dar a luz a su hijo. Un día, con él, camino un día a un radio que hacía las veces de teléfono, para que llamara a preguntar si su hijo había nacido.
En el camino se encontraron un campo de futbol, donde un grupo de jóvenes estudiantes jugaban un partido y nos invitaron a jugar. Yo me puse de portero y Niells de delantero.
Jugábamos, cuando de pronto llegó un Jepp, o Jippi como le llaman los cubanos. Del automóvil se bajó un soldado que pidió oportunidad de jugar. Entró al campo.
Los cubanos hicieron una conocida acción física; abrir la palma de una de sus manos y la segunda empuñarla con una oquedad en el centro a modo de hacerlo explotar sobre la palma izquierda en señal de sorpresa.
Recuerdo bien dijeron: ""concho, es el Che"". Y bueno, como es sabido Ernesto Guevara, el Che, era asmático por lo que jugó como portero. Era buen portero. Esa fue la única ocasión que estuve en contra del Che
En el partido, Niells que era un hábil delantero corrió en varias ocasiones hasta el área rival tratando de anotar un gol. Pero en un balón dividido evitó abiertamente el choque contra el Che que se lanzaba al piso.
Furioso el comandante Guevara se levantó y lo increpó lanzado una pregunta: ""no me patea porque soy el comandante, la igualdad no es opcional"". A lo que Niells respondió con sinceridad. Sí, así es, no lo pateo porque es el comandante.
Aun enfadado el Che dijo: bien pues, se acabó el juego, ahora vengan todos que les tengo un regalo. Sacó del Jippi unas cajas de Coca Cola que Cuba fabricaba a su estilo, pero aún con fallas en la fórmula que resultaba en que la bebida tenía un color más bien blanco.
El tiempo pasó y mientras estaba en Cuba, con tiempos más mesurados, en la víspera del primero de mayo, me lo invitaron a una cena de la embajada China, donde recibí la invitación de dar clases en la escuela superior de lenguas extranjeras de Pequín.
En ese entonces viajé a México a despedirme de mis padres, estaba camino a ello, cuando en la Ciudad de México me encontré con un desfile en ocasión de protesta por el Día del Trabajo. De inmediato me uní a un desfile disidente en Paseo de la Reforma.
Allí una tierna mano me tocó la palma. Era Elva Macías que había crecido desde la última vez que la supe viva en Chiapas y con quien confirmé estaba enamorado.
Ella tenía 18 años, pero en ese entonces la mayoría de edad iniciaba los 21 años. Por eso fue necesario mucho papeleo. Pero finalmente y contra muchas voluntades, Elva marchó conmigo rumbo a China. Ella, Elva es la única cosa serena que he hecho.
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