Ermita zoque del Cerrito celebró la Navidad

Ermita zoque del Cerrito celebró la Navidad

“Hay una tradición que nos mandata lo que debemos hacer y cómo lo debemos hacer; quienes llegan a ser ungidos con un cargo deben estar acostumbrados a obedecer y a respetar, porque cuando no se tiene esta disposición, es cuando algunos generan problemas hasta el punto de renunciar a sus deberes…” la voz es de María del Carmen Chacón Ramírez, primera albacea de mujeres de la ermita del Niño Salvador-Señor del Cerrito.

María va y viene sin parar. Cruza el patio principal de la ermita una y otra vez, siempre con las manos ocupadas con comida, pozol, tamales, botanas, bebidas, trastes usados y limpios, flores y veladoras.

Invitados propios y ajenos; fieles, visitantes, músicos, madrinas, niños y jóvenes; para ella todos valen, y todos reciben su atención o su saludo. Las comideras y sus priostas son las más próximas a ella. Todas la consultan.

Casi toda su vida está asociada a esta ermita, corazón de la cultura zoque de Tuxtla Gutiérrez. Una vez que todos han comido, es su turno. En una mano, una pequeña porcelana de barro; en la otra, unas cuantas tortillas. El sudor perla su frente y su mirada, aun mientras come, permanece atenta a todo y a todos en la ermita.

Las circunstancias la han colocado en el cargo de mayor autoridad. Ella misma nos cuenta: “Como el albacea de hombres ya es mayor y no puede salir a hacer las invitaciones, apadrinar y nombrar, yo tomé el cargo”. Se refiere a Florentino Martínez Reyes, quien tiene en su haber más de veinte años como albacea, y más de ochenta años de edad.

Un albacea, hombre o mujer, tiene a su cargo muchos deberes que no son visibles a la mayoría de la gente. Siempre están a la cabeza de una pequeña comisión que hace visita domiciliaria en más de una ocasión, a quienes recibirán un cargo para una celebración específica.

Además dictan todos los protocolos durante las celebraciones en la propia ermita. Comer, lavarse las manos, beber, dar gracias por los alimentos, danzar, tocar, y sentarse en determinado lugar, son actos sujetos a un orden, vigilado y dictado principalmente por los albaceas: un hombre y una mujer.

Este año sucedió algo que muchos no recuerdan que se haya dado antes: la renuncia al cargo de Albacea. Todos los predecesores se han separado del cargo por edad, como fue el caso de Florentino Martínez (tío Tino, como de cariño se le conoce). También los impedimentos de salud son válidos para ausentarse.

Tio Tino, con voz pausada y cálida, aunque débil, nos relata: “Gracias a los ayudantes y ayudantas sacamos adelante esta fiesta del Niño Jesús. Yo renuncié por el cansancio de mi edad, pero el nuevo no aguantó y no quiso trabajar como es y renunció. Sólo aguantó tres meses…”.

Él está presente en el lugar que su investidura le otorga; sin embargo, aclara que está ahí de modo honorario. “No puede haber celebración sin alguien que encabece, pero la mera albacea ahorita, es doña Carmelita”. Más de veinte años en el cargo le hacen decir con seguridad que la tradición no se perderá.

Los compromisos y el tiempo necesario para cumplir con los cargos, ha reducido a la mitad el número de priostes y priostas que componen el sistema de cargos del Cerrito. Ocho hombres y ocho mujeres se encargan actualmente de mantener viva la tradición de este lugar, que ha sido clave para la cultura zoque desde tiempos en los que no se tiene registro.

La música reinicia, y doña Carmelita, casi a gritos sigue gustosa con la plática: “Mientras no haya presidente de festejos y Albacea de hombres, yo estaré al frente hasta que el Señor me lo permita, porque en este cargo no sólo se trabaja, sino que también se gasta mucho”.

La albacea de las mujeres lamenta que los jóvenes sólo se estén interesando en las danzas y en la música de tambor; pero no hay piteros jóvenes y mucho menos quienes quieran tomar el cargo de priostes.

“Cuando llegue el albacea hombre y el presidente de festejos yo voy a estar muy contenta, pero mientras tanto, dedico mi vida y mi trabajo propio y de mis ayudantes con mucho gusto; mientras tanto, para sacar adelante a mis hijos sigo vendiendo mis butifarras, oficio que aprendí de mi esposo, que en paz descanse”. Apenas termina la frase y se levanta a recibir a una más de las muchas familias que vienen a mostrar su devoción al Niño Jesús y al Señor del Cerrito.

A varias cuadras de distancia, llegan los ecos de la música proveniente del corazón zoque de la capital chiapaneca.