Es el diálogo

Parece que ya se adivina una luz al final del túnel en el prolongado y desgastante conflicto que han sostenido el gobierno federal y el capitalino.

En medio de un diluvio de descalificaciones y exigencias sin sentido, se ha presentado de pronto una aparente disposición de ambas partes a entablar un diálogo formal que termine la confrontación. No es verdad que una de ellas haya obtenido algún beneficio del conflicto y del duelo de epítetos y acusaciones. Es claro que un diálogo que se establezca entre los dos órdenes de gobierno debe incluir aspectos sustanciales que se negocien efectivamente.

Por ejemplo, el gobierno del DF podría ofrecer la adopción de un esquema de acceso a la información que no pueda ser objetado por los expertos y juristas, que cuestionan lo que se ha establecido en el DF.

Puede el GDF comprometerse a restablecer un trato más cordial y abierto con los partidos opositores en la Asamblea Legislativa, así como permitir la participación de sus legisladores y gobiernos delegacionales en las instancias de información y consulta de decisiones ejecutivas. Está pendiente que el GDF adopte una política de cooperación con el gobierno federal en la implantación de programas de salud, asistencia, fomento educativo y cultural, así como de seguridad pública.

El gobierno federal, por su parte, tiene pendiente dialogar respecto de los apoyos que debe brindar en materia de recursos hidrológicos, en materia de comunicación entre partes, protección ambiental, uso debido de los aparatos institucionales para el desarrollo eficiente de los gobiernos locales, apoyo en materia de seguridad pública, programas de salud que no choquen con los ya existentes en cada entidad, un diálogo fructífero con los gobiernos de las diferentes entidades nacionales y, sobre todo, una gran capacidad de interlocución y de búsqueda de respeto entre las partes.

En realidad, todas estas posibilidades de cooperación mutua están ya planteadas normativamente y sólo bastaría un cambio de actitud para que de la confrontación se pasara a la colaboración.

Es necesario que se deje de usar el lenguaje como arma de descalificación y, en particular, suspender los duelos de publicidad negativa en los medios de comunicación en contra del aparente adversario. Al final de cuentas, estas campanas se revierten en contra de quien las emite y son altamente costosas para todos nosotros. La democracia es el arte de confrontar las diferencias para llegar a acuerdos que representen un mayor beneficio mutuo, pero sobre todo, un beneficio colectivo.

Hoy, cuando todo está dispuesto por las dos partes, y si es cierto que así lo quieren, es necesario que se tomen la palabra y aprovechen esta oportunidad que se dan ambos para retomar el camino juntos en la construcción del futuro del país.

Alienta escuchar que el senor López Obrador haya enviado un mensaje de entendimiento; alienta, también, que la Presidencia de la República busque el diálogo y que, además, se haya comprometido a luchar por que la elección de 2006 sea totalmente democrática y que no se impedirá la participación de tal o cual candidato.

Este puede ser el planteamiento esencial a partir del cual se pueda construir el diálogo.

Si en verdad ambas partes están dispuestas a hacer a un lado sus diferencias en favor del diálogo y en favor de la construcción de un país democrático, bienvenida sea. Muchos mexicanos han mostrado que quieren ese diálogo razonable y constructivo. Que así sea. (El Universal).