Espacio público| invasión privada

Daniel Gershenson * El Universal. En las ciudades y carreteras de México se libra hoy una guerra sorda y desigual, de efectos perniciosos y consecuencias impredecibles para el equilibrio ambiental y la salud de millones de mexicanos. Es un salvaje conflicto de escaramuzas y batallas sin cuartel, con ejércitos de lenadores que trabajan a escondidas en las madrugadas o días festivos. De seguir su curso, estaremos condenados a padecer las peores consecuencias de las agresiones que actores privados inflingen contra la naturaleza.

La toma por asalto de espacios, y su aseguramiento impune y permanente para fines personales no es cuestión reciente. A diario y bajo cualquier pretexto se colocan plumas de acceso, puestos, sitios o estaciones improvisadas de transporte público para impedir la movilidad. Muchos de estos objetos aparentan cumplir supuestas funciones específicas como el reciclaje de baterías, cuando en realidad resultan ser estorbos gigantescos que sólo plasman las 'virtudes' de productos prescindibles. Constituyen una manera más barata de promover el consumismo, pero disfrazado de responsabilidad pública o corporativa.

Capítulo aparte merecen las empresas que desde hace anos se dedican a colocar vallas, tapiales, anuncios espectaculares, envolventes y gigantografías en todos los rincones imaginables, y que someten a nuestras áreas verdes a salvajes cirugías. La devastación de bosques, parques, jardines, y árboles gigantes se realiza descaradamente, y sin que autoridad alguna -cómplice u omisa- se atreva a mover un dedo.

Aparecen estas estructuras por doquier: afrentas descaradas contra nuestro patrimonio ecológico y el más elemental sentido común. Mensajes brutalmente cruzados en estos tiempos de emergencia por calentamiento global, desarrollo incontrolable, escasez estacional de agua e inundaciones fuera de control por la pérdida masiva del arbolado en la periferia.

Tanto para esta industria como para el gobierno, nuestros árboles parecen ser redundantes. Contradicción evidente, la que entrana pregonar la responsabilidad social con anuncios que se esmeran en demostrar lo contrario. Para los publicistas que participan en este juego, el único incentivo es devastar hasta que no quede una sola especie en pie, 'obstaculizando' la exhibición inagotable de productos que son su eje y razón de ser.

Lo que empezó siendo práctica vergonzosa, aislada y al menudeo ya devino en tsunami permanente, gracias a la voracidad de funcionarios públicos y partidos políticos. La Ciudad de México, y la nación en su conjunto, se convierten en atroz cementerio de troncos descortezados, munones, árboles secos o agonizantes y siempre: a un lado, atrás, arriba o entre estos cadáveres vivientes, esta fauna metálica que parece provenir de otro planeta.

No importan ejemplos de ciudades como Sao Paulo, donde en 2006 su Alcalde Gilberto Kassab supo enfrentar exitosamente las amenazas al entorno de valleros y anunciantes, gracias al Programa 'Cidade Libre'. Aquí en México, el patrimonio del medio ambiente no es tema de preocupación general. Más bien, el interés es participar en el negocio, y facilitar la debacle ecológica permitiendo que ésta se consume sin contratiempos.

La única ley que se cumple es la competencia por la atención irrestricta de espectadores cautivos, quienes desde sus autos o transporte público pueden mirar los productos que se anuncian de forma cada vez más agresiva, a cientos de metros de distancia. Su irrupción en las ciudades, pueblos y carreteras dice mucho sobre el destino compartido que nos alcanzó.

Las grandes decisiones de rediseno en las ciudades están siendo emprendidas por cuadrillas de delincuentes ambientales, ajenas al escrutinio público. Los consorcios agrupados en dos organismos copulares: AMPE y AMURMEX, conocen la gravedad del problema, pero prefieren seguir mutilando árboles frente a nuestras narices. Los duenos de propiedades donde se erigen las estructuras escurren el bulto. El sector publicitario no repara en el inmenso dano a su imagen, y comparte responsabilidades intransferibles.

Lo que nadie puede rebatir a estas alturas, es la índole fatal de estas prácticas y costumbres. Los resultados saltan a la vista: frente a nosotros se fraguan desastres que cubren como una plaga a México y otros países; que desertifican nuestras urbes y zonas verdes, y desfiguran su complexión. Los empresas que instalan espectaculares no son las únicas culpables, pero sí las más descaradas y visibles. De autoridades que sepan asumir su compromiso prioritario con el interés público, y de nosotros mismos, depende remediar la situación. El tiempo apremia, y se acaban las opciones.



* Presidente de ALARBO y

ALCONSUMIDOR, AC