"En lo que parecería una combinación algo extrana, el ex presidente del PAN, Manuel Espino, dijo -a través de un fragmento de un libro de su autoría- haber sido objeto de espionaje por personajes cercanos al presidente Felipe Calderón, apenas tres o cuatro días después de que el senador Manlio Fabio Beltrones, del Partido Revolucionario Institucional, hiciera una denuncia similar.
En el texto próximo a publicarse el propio Espino acusa al gobierno Calderón de hacer ""excesivas concesiones"" a Beltrones, una figura que hoy es clave para los proyectos del régimen y que aquel considera abiertamente como enemigo.
Espino es un abierto crítico de su partido y del presidente Calderón. Preside ahora la sexagenaria Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), que agrupa a 35 partidos y movimientos políticos de 25 países del continente y recibe más de un tercio de los votos de la región.
Pero no deja de llamar la atención el que junto con la queja de espionaje se lance contra Beltrones, al que considera ""un riesgo para la permanencia del PAN en Los Pinos"", como si el actual partido de gobierno tuviera derecho a mantenerse indefinidamente en el poder a pesar de lo que puedan opinar y sobre todo votar los ciudadanos.
La situación, en todo caso, no deja de ser curiosa: la denuncia de Beltrones es investigada -se dijo- por la Secretaría de Gobernación, misma donde el legislador sonorense laboró bajo las órdenes de Fernando Gutiérrez Barrios, quien si en algo era experto era en lo que con eufemismo se decían ""investigaciones políticas"". Conoce, pues, a fondo la materia.
Beltrones y Espino tienen razón en demandar explicaciones si como afirman es cierto que hubo espionaje en su contra. Pero es importante recordar que se supone que ni uno ni otro deberían tener algo que esconder. El espionaje político es inútil si, como se supone, la actividad política y sus practicantes están abiertos al libre escrutinio ciudadano.
México, llamado a formar un nuevo G8
Los dirigentes de los países con mayor peso político, económico y militar -EU, Japón, Canadá, Italia, Francia, Reino Unido, Rusia y Alemania, el Grupo de los Ocho (G8)- se reúnen hoy en Japón. Son los más influyentes, pero su lugar en la cima es temporal. México está llamado a ocupar un sitio en esa élite. Para lograrlo será necesario que los más escépticos al respecto no seamos los propios mexicanos.
El presidente Felipe Calderón se encuentra también en la cumbre junto con sus homólogos de Brasil, India, China y Sudáfrica, miembros todos del Grupo de los Cinco (G5), naciones emergentes que serán las potencias del futuro. Tienen 40% de la población mundial y concentran cada vez más las importaciones y exportaciones del mundo.
De los cinco, es quizá México el más aferrado a la intrascendencia, no por condiciones de atraso y desigualdad -lastre que cargan con tanto o más peso el resto del G5-, sino por la mezquindad de su clase política, incapaz de ver que el desarrollo probado en el resto del grupo depende del consenso interno. Queda en manos de los políticos de hoy el que México ejerza el papel de liderazgo mundial que Brasil, India, China y Sudáfrica sí quieren tomar. (El Universal)
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