Nada más equivocado que hablar de los Estados Unidos como si se tratara de un país en singular. Por tradición y comportamiento, los estados asociados en esa unión tienen diferencias sustanciales entre sí, en ocasiones irreconciliables. Uno de esos temas polarizantes es el de los migrantes latinos.
Probablemente los legisladores de Arizona y su gobernadora Jan Brewer no sospechaban la enorme reacción que ocasionarían a nivel nacional e internacional por la ley que permite a un policía detener a cualquier ciudadano, posible indocumentado, sólo por su aspecto. Menos habrán imaginado la cohesión que dentro de la propia Unión Americana surgió en su contra.
Una nueva guerra de secesión se gesta con motivo de la xenófoba legislación, ya no entre las regiones del norte y el sur -a causa de la abolición de la esclavitud- sino entre los estados con una amplia población latina y quienes aún no la tienen o no han sabido aprovechar la riqueza que ésta ofrece.
Síntomas de esta fractura ya están surgiendo en varios sectores. Quizá el más significativo es el boicot que organiza el alcalde de Los Ángeles, Antonio Villarraigosa, en contra de Arizona. El poblano-angelino ha exhortado a sus gobernados a no hacer negocios con ese estado hasta que la nueva norma sea derogada.
Los Ángeles era hace poco más de un siglo un territorio mexicano y hoy con esta acción lo recuerda con dignidad y orgullo. No es la única. Otro gobierno que ha tomado la decisión de tomar distancia de la entidad racista es Nuevo México. Ahí el gobernador Bill Richardson asegura tener un modelo antagónico en todos sus méritos al de Arizona.
Recientemente el poder legislativo de Nuevo México aprobó una ley que reconoce el valor económico y cultural que los migrantes mexicanos aportan día a día al estado. Las voces más potentes en esa región insisten, en consecuencia, que la mejor forma de resolver la situación de los indocumentados es integrarlos, volverlos parte de la sociedad, proteger sus valores y conformar una comunidad multiétnica.
La gran diferencia entre Arizona, el sur de California y Nuevo México, es que los dos últimos tienen una amplia población latina, más del 45 por ciento del total, en tanto que el primero apenas llega a 30 por ciento. De toda evidencia, el temor de los blancos en Arizona radica en que en unas décadas serán el sector minoritario. Son ingenuos al creer que con una ley discriminatoria lograrán revertir esa tendencia.
Bien entendió Abraham Lincoln antes de abolir la esclavitud, que un país dividido, polarizado en castas, puede llegar a ser ingobernable. Una reflexión que ahora Barack Obama, el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos, debe tomar con seriedad.
(El Universal)











