Los cárteles mexicanos emplean policías y militares estadounidenses, admite Silvestre Reyes, presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara Baja de Estados Unidos, el encargado de supervisar en esta materia al gobierno de aquel país.
No se trata de un detractor ni de un crítico sobreideologizado, sino de una autoridad del más alto nivel en asuntos de narcotráfico. Su juicio debe ser considerado en México.
Hasta hace poco, todos los errores cometidos en este asunto eran achacados al gobierno mexicano. Pero esta situación comienza a cambiar. La alarma se ha encendido tan fuerte en Estados Unidos que ya es inocultable el nivel de corrupción y cooptación de sus funcionarios públicos, así como la resignación de sus autoridades locales en relación al poderío de los narcos.
Con todo, es un buen comienzo que por fin de aquel lado tomen conciencia de la incoherente relación sostenida con nuestro país respecto de esta guerra. Sus policías, militares y autoridades civiles son tanto o más vulnerables que las mexicanas.
La incongruencia entre el discurso de nuestros vecinos y su compromiso real ya no podría continuar, porque mientras le apostaron a mantener la paz en la frontera a través de una guerra simulada, la influencia de los cárteles en México creció desproporcionadamente. Tanto, que estalló aquí una guerra verdadera -con más de 6 mil muertos contabilizados hasta ayer- y que altera ya los hogares en suelo estadounidense.
Barack Obama y Hillary Clinton vinieron a este país hace unos meses para admitir su responsabilidad en el consumo de drogas, un encomiable gesto. Ahora falta que asuman también que su guerra contra el narco, en este momento, no es tal. Sólo así podrán seguir adelante con el modelo prohibitivo o buscar otras alternativas. Tienen la ventaja de que México les ofrece ya un espejo. (El Universal)











