David Ibarra * El Universal. El mundo se estremeció y se estremece con la crisis global y la secuela desafortunada de sus efectos. En la realidad el mundo se movía desde hace tiempo hacia abismos poco anunciados por los líderes políticos y los medios masivos de comunicación. Quizá el desajuste más serio que se gestaba se relaciona con el ahondamiento de las desigualdades sociales dentro y entre países con repercusiones económicas y políticas inocultables. Poco se oía, por cuanto ese desacomodo reptante afecta a los estratos sociales casi sin voz o casi sin influencia política. En cambio, hoy cobra notoriedad la crisis por cuanto afecta a los sectores financieros líderes de las potencias del mundo. Desde la instauración del neoliberalismo se experimentan costosas fluctuaciones económicas repetitivas por arriba de la media histórica, tropiezos que dieron al traste a la prolongada prosperidad de la posguerra, a las responsabilidades estatales de procurar empleo y desarrollo. En cambio, se exige como la meta social, con mayúscula, el respaldo a las libertades económicas individuales, no a los derechos colectivos, así como a los beneficios de los corporativos financieros y de otras empresas importantes.
No podría decirse que el desempleo y el outsourcing de los trabajadores sean las fuentes únicas de las desigualdades, pero sí que están entre sus principales causas. De acuerdo con la OIT, el desempleo en el mundo antes de la crisis subió de 165 a 190 millones de personas entre 1998 y 2008 y para el año en curso sumará entre 20 y 50 millones más. La desocupación es alta entre los países industrializados: en los promedios de 2004 a 2007, Alemania 9%, Francia 8%, Inglaterra 5%, Estados Unidos 5%, para luego acrecentarse más o menos verticalmente en los 18 meses recientes, sobre todo en los últimos dos países.
Más aún, el desempleo tiende a tornarse permanente: en Alemania, 57% de los desocupados cae en esa categoría; en Francia, 40%; en Inglaterra, 25%; y en Estados Unidos, 10%, cifras que van en rápido ascenso. Las naciones industrializadas verán ascender el desempleo alrededor de 8% o 9% en 2009.
La forma de globalizar a las economías no ha contribuido parejamente a estabilizar la vida social ni los mercados de trabajo de la mayoría de los países. En particular, como lo prueban las presiones migratorias y la volatilidad de las economías, la igualación universal de los precios del capital y la mano de obra acaso se logre al correr de los milenios. Por lo pronto constituyen ficciones ideológicas, esperanzas infundadas, que trastocan la vida ciudadana de los países, acentuando considerablemente el malestar social en tiempos depresivos.
Hasta ahora, la estabilidad económica global dependió de haberse logrado armonía precaria entre Estados Unidos, de un lado, y China y Japón del otro. El primero de los países mencionados asumió la estrategia de fincar su crecimiento en el consumo de las familias y en ser -para usar la frase de Summers- importador mundial de última instancia, generando déficit insostenibles en sus cuentas externas y en sus finanzas públicas. A su vez, los países asiáticos en cuestión dan prelación a estrategias exportadoras de crecimiento a la par de generar ahorros extraordinarios con qué financiar a la economía estadounidense y al mundo; de esa manera acumulan reservas y, en cierto modo, detienen la expansión equilibradora de su consumo interno. La depresión mundial ha paralizado a la máquina importadora estadounidense, que ya se plantea estrategias de orientación exportadora y de elevación del ahorro nacional. A su vez, el nuevo gobierno japonés busca reavivar el consumo interno y la protección social a la población. Y China instrumenta enormes programas antirrecesivos de abasto al consumo y la inversión, mientras ve con temor pérdidas de la posible depreciación del dólar en su enorme acervo de divisas. El cambio se nos viene encima. El déficit de EU en la cuenta corriente de la balanza de pago se ha reducido de 6% a 3% del producto. Y los superávit de China, también en cuenta corriente, pasan de 11% a 9.7% del producto y se espera sigan declinando con rapidez. Cabría aquí preguntarse sobre el futuro de los considerables superávit comerciales: 83 miles de millones de dólares en 2007 de México con Estados Unidos. En suma, la globalización y el comercio internacional comienzan a tomar fisonomía distinta, a paso y medida que los países líderes se ven forzados a alterar sustantivamente sus estrategias de desarrollo y dar preferencia a las demandas de crecimiento y empleo de sus poblaciones, más que a los mandatos impersonales del mercado.
El espejismo ideológico de que la sabiduría de los mercados es insuperable ha caído en el descrédito. Los mercados son falibles y demandan del intervensionismo estatal para corregir fallas y sacar a las sociedades de la crisis, como lo demuestran palmariamente las recientes acciones tomadas por los gobiernos de todas las latitudes. Del mismo modo, la política monetaria resultó insuficiente para guiar a la macroeconomía por sendas compatibles con el crecimiento y la equidad social. Por fortuna, se redescubre que la mano visible del Estado democrático es complemento indispensable en la orientación de la política industrial o exportadora, y singularmente en la tarea de garantizar la tranquilidad y la equidad sociales.











