Es lamentable el lenguaje que en un lapso muy breve han utilizado el presidente de México, Vicente Fox, y el presidente electo de Bolivia, Evo Morales, para referirse uno del otro.
A raíz de las desafortunadas declaraciones de cada uno para referirse a la comercialización del gas boliviano, se ha desatado una serie de referencias que muestran que el tema de las buenas relaciones entre México y Bolivia parece escapárseles de las manos a ambos.
Bajo ninguna circunstancia, tal intercambio de expresiones debe ser el que guíe la relación entre ambas naciones.
No es posible imaginar que ese tono pudiera seguirse usando en el ámbito diplomático que, cuando menos en el caso de nuestro país, ya ha causado en el pasado reciente serias confrontaciones con otros mandatarios de la región, pero tampoco lo es para un presidente electo al que aún le falta un largo camino por recorrer en su relación no sólo con Cuba y Venezuela, sino con el resto de América Latina.
El anhelo continental de alcanzar una unidad hemisférica languidece con este tipo de reacciones viscerales, que no son propias de jefes de Estado y que no reflejan el buen ánimo y entendimiento que en muchos otros ámbitos y niveles sí existe entre nuestros respectivos pueblos. Ni los bolivianos tienen por qué comerse su gas ni nadie ha tratado de humillar a tan respetable nación.
Urge más ponderación de todos los mandatarios latinoamericanos para medir sus palabras y buscar el diálogo y la negociación antes que el enojo o las bravatas.
Sin duda, el presidente electo Evo Morales requerirá de un uso intensivo de la diplomacia y la negociación, por el estratégico papel que juega su país en el continente, y no puede cerrarse las puertas del mundo con reacciones poco ponderadas o maniqueas de una realidad geopolítica, que es mucho más compleja que la que se puede desprender de un análisis somero o inducido por otros actores de poder de la región.
Por supuesto, el gobierno mexicano también tiene responsabilidades que cumplir con sus ciudadanos y no será usando un lenguaje inútil como se conseguirá una buena relación con Latinoamérica, la que comienza en México y concluye en Tierra del Fuego. Con todo, hay amplios grupos de ciudadanos que compartimos con el presidente electo de Bolivia el diagnóstico sobre el déficit de justicia social e igualdad que agobia a millones de latinoamericanos que no han tenido acceso al desarrollo, como resultado de anos de inequitativa distribución de la riqueza. Sin embargo, este sentimiento común, que es tan fuerte y rebasa muchas veces a las figuras presidenciales, debe servir para unir a los pueblos en la búsqueda de soluciones.
Y encontrarlas de forma consensuada es una tarea de gobierno, por lo que es preciso que los mandatarios dialoguen mucho y entiendan la trascendencia de su investidura, que es la de representar a naciones enteras y que, por lo mismo, no pueden actuar en función de filias y fobias personales, como si ellos encarnaran, por sí solos, la voluntad de pueblos enteros, que suelen ser, en los hechos, mucho más heterogéneos, plurales y tolerantes que lo que puede ser una sola persona.
La relación entre México y Bolivia no tiene por qué correr peligro y no habría razones para ahondar más en este lamentable diferendo inicial, que debe ser superado a base de acercamiento y diálogo.
El futuro de América Latina no puede ser el del alejamiento mutuo y la conformación de bloques aislacionistas. (El Universal)











