Fracaso: la pureza del narcótico

Un reporte de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA), elaborado con datos oficiales, advierte que la oferta de cocaína sigue siendo amplia a pesar de anos de políticas agresivas y costosas, y que la calidad de los narcóticos continúa mejorando. Dos síntomas de que la política de drogas es un fracaso.

Las evidencias están ahí: la batalla policiaco-militar contra el crimen organizado no ha mermado la oferta de drogas. Esto no quiere decir que la lucha en sí misma deba detenerse; ningún país puede cargar ese yugo que imponen las mafias sobre las instituciones del Estado. Sin embargo, pareciera más que pertinente replantear la estrategia general de lucha contra el narcotráfico.

Desde principios del siglo XX, los gobiernos de Oriente y Occidente se convencieron de que la clave al enfrentar la adicción a los narcóticos estaba en atacar la oferta (producción, transporte y distribución), por lo que, a partir de entonces, miles de millones de dólares han sido derramados en ese solo esfuerzo. Según Matea Falco, especialista en este tema y asesora de Bill Clinton, el Tesoro estadounidense ha destinado alrededor de 70 por ciento del presupuesto antinarcóticos en la lucha contra los cárteles y sus asociados, y sólo 30 por ciento en la disminución de la demanda: campanas de prevención, educación o rehabilitación.

WOLA retoma la relevancia del papel que juega la demanda y alerta a Obama sobre la equívoca distribución de los recursos. Por más criminales presos y droga incautada que haya, en los hechos ni el precio de los narcóticos ni su calidad han variado sensiblemente. Momento es de afrontar la realidad: el combate no reduce la oferta. Por tanto, debería buscarse reducir el dano y cambiar los hábitos de consumo de la población, lo cual a la postre redundaría en una disminución del poder económico de los cárteles.

Como decía Virgilio Barco, presidente de Colombia de 1986 a 1990, la única ley que funciona en el mercado de los narcóticos es la de la oferta y la demanda. Si no ha podido frenarse el poder de la primera, las políticas públicas deberían centrarse en la segunda. (El Universal)