Rectores de diversas universidades de México exponen las insuficiencias de calidad, recursos e infraestructura que mantienen en el atraso a esas instituciones de ensenanza superior sobre las que descansa la esperanza de un futuro mejor para nuestro país.
Acuden a la autocrítica como método para advertir que la formación profesional es clave en un mundo altamente competitivo y que si el país no logra optimizarla, retrasaremos su desarrollo, por lo cual urge cobrar conciencia de las limitaciones actuales y demandar un plan educativo integral, de primaria a universidad.
El suplemento de El Universal Mejores Universidades 2007, busca precisamente detectar fortalezas y debilidades y ofrecer a los lectores una visión comparada para tomar una de las decisiones más importantes de una vida: dónde y qué estudiar.
El ejercicio, que vale la pena leer en su totalidad, arroja una primera conclusión: la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) aparece a la cabeza en la evaluación general de una lista de 34 instituciones de educación superior con instalaciones en el centro del país, seguida por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), el más destacado de acuerdo con el análisis de los profesores, y el Instituto Politécnico Nacional (IPN), el primero en la valoración de los empleadores.
Las universidades públicas y privadas plantean a la sociedad sus necesidades y es sano escucharlos. Sin duda podemos apoyar los requerimientos de estas entidades para formar a los profesionistas mexicanos, pero también debemos esperar, en contrapartida, que ellas adquieran compromisos correspondientes.
No es posible asignar mayores recursos públicos cuando no sabemos con certeza cómo se aplican, cuántos profesores, investigadores y artistas devengan sus emolumentos; cuántas adquisiciones y obras se hacen ajustadas a normas.
En cualquiera de los planteles tampoco bastan nuevos planes educativos si los maestros actúan caprichosa y arbitrariamente, con indebidas injerencias políticas y con ausencia de rigor y disciplina.
Hay 2.6 millones de estudiantes universitarios, 51 veces más que hace 50 anos, y el número de aspirantes crece anualmente, igual que el de los rechazados, porque no hay cupo ni presupuesto que alcance para todos, aunque nuestra sociedad reconozca que la palanca del ascenso social es la educación superior.
La regla ideal, en estas circunstancias, es que ingresen los mejores. Hay que revisar la pertinencia de que el pase automático actúe como un muro de contención al revés: ir a una escuela privada aunque se trate de un buen alumno puede implicar ser descartado para carreras que sólo se imparten en la UNAM. Esto es indeseable igual que lo es que un muchacho de una escuela de gobierno no pueda conseguir una beca para continuar su formación en los planteles particulares. La mezcla enriquece la educación.
Porque tenemos un alto aprecio por la formación universitaria, creemos que para mantenerla viable es menester reconocer sus vicios honestamente, sin demérito de resaltar sus grandes virtudes, y empenarnos -academia, gobierno y sociedad- en una revisión a fondo de sus posibilidades reales. (El Universal).











