La adultez se diferencia de la adolescencia, entre otras cosas, porque en la primera se asumen responsabilidades, riesgos y sacrificios, no sólo derechos. En los países, como entre las personas, también existe esta distinción. Según el grado de madurez, la comunidad internacional valora a un país, ya sea como un menor de edad o como un importante actor en el concierto de las naciones.
Por su tamaño y relevancia regional, México tendría que ser considerado como un adulto; sin embargo, a la hora de definir su responsabilidad con respecto a la participación en los procesos de paz, nuestro país sigue prefiriendo escurrir el bulto, subirse al tren de la seguridad mundial sin pagar boleto.
Tácita o explícitamente, en su momento el gobierno mexicano apoyó los esfuerzos de la ONU por frenar las masacres étnicas en África, el reestablecimiento del orden en Haití, o el control del polvorín en los Balcanes. Sin embargo, su respaldo fue sólo verbal o, en el mejor de los casos, con aportaciones en víveres y dinero. Los países que nos asumen una de las diez naciones más relevantes se preguntan por qué sus ciudadanos han de arriesgar la vida en estas operaciones mientras que los mexicanos se quedan tan tranquilos en su patria. No es un rol digno para una sociedad como la mexicana.
Argumentan los detractores de un mayor involucramiento de México en las operaciones de paz, que la cercanía con Estados Unidos obligaría a los soldados mexicanos a participar en guerras decididas sólo por nuestro poderoso vecino. Una suposición errada, ya que la decisión de enviar tropas de la ONU se toma en consenso, y así lo demostró el caso de la guerra de Irak, en donde el Consejo de Seguridad no aprobó la medida promovida precisamente por el país contiguo.
Dicen también los opositores que México debe respetar el tradicional principio de no intervención. ¿Debió entonces permanecer impávido ante las masacres en Darfur? ¿Debe hacer nada, por ejemplo, frente al reciente ataque de Israel a barcos con ayuda humanitaria a Palestina? Los conflictos mundiales siempre nos afectarán de alguna forma, lo queramos o no. Dejar a otros la resolución de esos problemas tiene algo de cobardía y, además, nos resta influencia internacional, lo que a su vez afecta la vida cotidiana de los mexicanos.
Nos quejamos de que Brasil ha robado a México liderazgo en la región, pero eso no sucedió sólo por sus logros internos, sino porque ante la comunidad internacional hace años que se presenta como un adulto. (El Universal)











