"V otar es la capacidad que cada quien tiene para elegir a sus sinvergüenzas, dice el joven Marcos Dávalos. Por eso, anade, ""es una pérdida de tiempo"". Las palabras varían según el entrevistado, pero lo común es hallar en los jóvenes desprecio por su derecho al sufragio. Ciertamente, no es un fenómeno de exclusividad nacional. Creían los expertos en propaganda y campanas electorales que un candidato apoyado en esencia por menores de 30 anos nunca podría ganar una contienda. Hasta que llegó Barack Obama, quien asume la Presidencia de Estados Unidos.
De acuerdo con el Instituto Federal Electoral (IFE) los jóvenes participan cada vez menos en las elecciones federales. De hecho, en el ano 2000 el abstencionismo en el sector fue de 60% y en 2003 superó 68%.
Esa población del país es la que menos vota y la mayoría aún no tiene una preferencia política. Tan sólo en los comicios presidenciales de 2006 siete millones de jóvenes votaron por primera vez; por desgracia para los candidatos, ninguno tuvo la capacidad de sumar a su causa el grueso de ese potencial como hizo Obama hace unos meses.
Para los comicios de este ano alrededor de 78 millones de ciudadanos estarán facultados para votar. De este total, las personas entre 18 y 24 anos representan 14 millones de votos. zHacia qué opción se inclinarán? Puesto que no se detecta ningún cambio sustancial en la forma y fondo de las campanas podemos anticipar igual o mayor abstencionismo esta vez.
El análisis ligero explicaría este desinterés de los jóvenes por una suerte de incapacidad generacional para tomarse las cosas importantes en serio. Hijos de la juventud politizada que en las zonas urbanas se opuso al régimen priísta en los sesenta y setentas, estos nacidos a partir de los anos 80 crecieron con la revolución tecnológica de la información: videojuegos, internet, gadgets, computadoras. Con su pasado de marchas, plantones y música de protesta a cuestas para los padres carecía de provecho la fascinación por la pantalla.
Hoy sabemos, con base en estudios cognoscitivos -contrarios a la tesis especulativa del Homo Videns-, que los nacidos entre 1982 y 2003 llamados Generación del Milenio, lejos de haber perdido capacidades, han adquirido nuevas. El problema es que los políticos no han sabido adaptarse a ellas; sus mensajes siguen distribuyéndose en las plataformas tradicionales.
En este país las cibercampanas representan una proporción mínima de la inversión de los partidos políticos pese a que hay unos 24 millones de internautas nacionales. Basta ver los actos de campana anticipados -prohibidos, por cierto- que realizan los aspirantes a jefes delegacionales en el Distrito Federal. Reparte una ex diputada calendarios de bolsillo con fotografías de una ""revista para caballeros"". Ignora quizá que sólo en 2007 se sumaron a internet 2.2 millones de mexicanos, un aumento de 11% respecto del ano anterior (Estados Unidos creció 5% en el mismo periodo).
Lo dijo el propio Obama en su discurso de victoria: ""La gente joven rechazó el mito de la apatía de su generación"". Pero no lo consiguió por sí misma, hizo falta un político diferente y una estrategia de comunicación basada en las nuevas tecnologías para movilizar a ese electorado potencial. Ninguna de esas características vemos en México. (El Universal)
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