Tenemos una amarga experiencia con la obra pública. Aunque ha proveído los amplios cimientos para el desarrollo nacional y detona la creación de miles de empleos, en México con demasiada frecuencia se ha usado para pagar facturas políticas y propiciar suculentos negocios a los favoritos de cada sexenio. Esto no debe perpetuarse en el siglo XXI.
Lo recordamos a propósito del Programa Nacional de Infraestructura (PNI), cuyas metas son ambiciosas, en el buen sentido de la palabra, respecto a detonar el crecimiento económico, generar empleos y convertir a México en una de las tres economías más competitivas de América Latina.
En un foro sobre Comunicaciones y Transportes, el secretario del ramo, Luis Téllez, dijo que con el PNI se buscará trascender las limitaciones presupuestales y las negociaciones políticas.
El programa pone el acento en la construcción de caminos, aeropuertos y ferrocarriles, de los cuales no se han construido nuevas vías desde hace 100 anos, mientras muchos políticos de distintos partidos se hicieron prósperos camioneros.
En infinitas ocasiones ha habido abusos con proyectos faraónicos a la medida del ego de quienes gobiernan, asignaciones discrecionales de los contratos, sin cuidar especificaciones, grados de calidad, tiempos y costos.
Obras a medias o con deficiencias técnicas tan graves que las hacen inútiles, son inauguradas con onerosos despliegues publicitarios. Basta recordar la megabiblioteca o la Autopista del Sol, que conduce a Acapulco.
Es larga y vergonzosa la tradición en México de rescatar empresarios, no empresas.
La SCT ofrece que esto cambiará, que habrá candados, que no repetirán procesos de rescate a quienes invierten buscando los beneficios del capitalismo sin afrontar sus riesgos. Así deberá ser, porque los empleados sí que los afrontan, desde el más humilde peón hasta el más encumbrado ingeniero mexicano no ven un solo peso cuando ha entrado el gobierno a sacar las castanas del fuego a quienes haciendo cuentas alegres dejan obras inconclusas, sin mantenimiento o sin viabilidad financiera.
La historia de la inversión trunca en infraestructura salta a la vista en toda la República. Todavía no tenemos completas las autopistas costeras y fronterizas ni los ejes de litoral a litoral, ni siquiera en el istmo de Tehuantepec, de una clara estrategia comercial. De aeropuertos ya ni hablamos.
Otro tema pendiente es el de las telecomunicaciones, vitales en el proceso de globalización. El fortalecimiento del marco institucional es una necesidad insoslayable, es la infraestructura que no se ve, que no se inaugura, pero de cuyo funcionamiento dependerá el futuro de México.
El Plan Nacional de Infraestructura debe alentar una sana competencia profesional para que las obras se hagan a precio justo y con buenos materiales; puede ser oportunidad de impulsar el crecimiento de empresas mexicanas si ofrecen propuestas competitivas. Es momento de posiciones flexibles; ni Keynes ni Friedman al extremo, lo importante es la mezcla que pueda sentar bases para la competitividad y generar empleo. Sobre los resultados se les juzgará. (El Universal).











