El presidente de la República, Felipe Calderón, declinó hacer comentario alguno sobre la inmunidad otorgada en Estados Unidos al ex presidente Ernesto Zedillo por el caso Acteal. En conferencia de prensa en Vladivostok, al término de la XX reunión de Líderes Económicos del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, se limitó a reiterar su respeto ante la determinación del Departamento de Estado.
Hizo bien el presidente pues no son pocos los elementos que indican que para él lo mejor es pasar de largo en un asunto que no le afecta y en el que no necesariamente debería tener una postura.
Por nuestra parte, consideramos acertada la deteminación del Gobierno de Estados Unidos. ¿Porqué? Si al ex ex mandatario se le hubiera pretendido juzgar por cualquier otro asunto, la postura más indicada habría sido la de mero observador, sin pronunciamiento en ningún sentido, pero es el caso que en este asunto la más alta autoridad federal representada en el Ministerio Público de la Federación volteó a ver nuestro trabajo en la Región de los Altos de Chiapas, para asentar argumentaciones sobre los liderazgos regionales que estaban siendo desafiados -los que fueron atacados incluso con saldo de muerte- citándolo en el Libro Blanco de Acteal, el cual, vale recordar, fue ridiculizado e incluso objeto hasta de burlas por parte de ciertos actores que se habían auto erigido en la exégesis única de todo cuanto acontecía. Así actuaron frente a ese caso tan grave. Hicieron escarnio público porque la verdad histórica no satifizo a los príncipes que dictaban en medios de comunicación de circulación nacional. Las burlas calaron en el ánimo de los que eran ridiculizados en una especie de grotesco carnaval, cuando la sangre de los mártires no acababa de secar.
Nadie va a venir a nosotros a contarnos cuentos chinos, ahora.
Es un deber de ser humano condenar la injusticia, señalar el infundio y la manipulación, por eso, sabiendo de lo sucedido en ese lugar, se debía señalar que pretender enjuiciar por ello al ex presidente era un contrasentido. Resultaría aberrante que ante un vano afán vindicativo de ciertos grupos que se creen poseedores de la verdad absoluta, todos debiéramos permancer callados.
Esto es México, no es Irán.
Se deconoce de qué otra cosa pudieran acusar al ex presidente, pero en esto -y lo mismo hubiese sido si se hubiera tratado de cualquier otro personaje ajeno a los hechos- es totalmente imposible no fijar una postura.
En Dios confiamos, y si la equivocación en esto fuera tan grande que comprometiera el destino final, así habrá de ser, pero no por mala intención.











