Instituciones plurales y representativas

"Francisco Valdés Ugalde * El Universal. Es simple negligencia no atender a la evidencia mundial de que los sistemas con mayor representación proporcional en las instituciones de gobierno se corresponden con menor desempleo y mejor distribución del ingreso

La colaboración de la semana pasada, dedicada a proponer razones para transformar el sistema presidencial en uno mixto, fue objeto de diversos comentarios por parte de los lectores. Vale la pena extender algunas de las ideas para dar idea de las implicaciones y ventajas que tendría una decisión política de esta naturaleza. Cuando se modifica un régimen, las decisiones que lo ocasionan suponen un cambio en la representación política. Veamos un ejemplo específico. Si en el sistema presidencial elegimos al presidente y a los legisladores por separado, en un régimen mixto esta elección no implica un divorcio entre nuestros respectivos votos. Si el sistema es mixto, el elector sabe que su voto, de agregarse significativamente en el mismo sentido con otros conciudadanos dará una combinación entre alternativas partidarias que obligará a los gobernantes a negociar, a alcanzar compromisos y decisiones de política pública que lo representen razonable y conjuntamente con otros ciudadanos que piensan, si no de la misma manera, sí en un sentido de conciliación y convergencia de posiciones opuestas.

No debe confundirse esta idea con la avenencia entre propuestas ""irreconciliables "" y, por tanto, con la renuncia a alguna de ellas, sino entenderse en el sentido de que la intolerancia no es propia de la democracia. O, puesto de otro modo, que la negociación, la conciliación de posturas ideológicas y de programa son, siempre que se mantenga un cuadro básico de democracia política, la única forma de tomar decisiones colectivas de carácter democrático y de consecuencias prácticas eficientes.

La tara que nos marca es que el sistema presidencial en México dejó una impronta expresable como ""el que gana por definición se lleva todo"". Y aquí sólo había un ganador. Sin embargo, bajo condiciones de pluralismo nadie puede aspirar a ""todo "". Por consiguiente, la representación política de los ciudadanos puede concretarse mejor en un sistema mixto que fuerce, por obra de la regla de representación, a que las decisiones en política pública sean resultado de la negociación entre posiciones alternas. Es cierto que esta fórmula conduce a una menor pureza ideológica de las decisiones de gobierno y, por lo tanto, mayormente a mezclas y soluciones de compromiso entre alternativas. Pero zqué prefiere México en estos tiempos de alta varianza ideológica: la ""pureza "" de ""conservadores "", ""progresistas "" o ""nacionalistas"", o la deliberación de alternativas concretas que puedan y deban acordar las fuerzas políticas por imperativo constitucional, es decir, por el arreglo constitucional del régimen?

La estructura de la votación nacional de los últimos 10 anos muestra inequívocamente una preferencia por la pluralidad que no otorga el mando hegemónico a ninguna fuerza. Además, los sondeos de opinión pública revelan que el electorado desea que los partidos ""se pongan de acuerdo"". Consecuentemente, la respuesta a la pregunta anterior se inclina más bien por la segunda opción. Paralelamente, debemos atender al hecho de que las diferencias entre regímenes políticos son siempre diferencias en la asignación de recursos. Siguiendo el argumento anterior, en un sistema presidencial puro el gabinete del Ejecutivo debe estar compuesto sólo por secretarios o ministros del presidente y su partido. La presencia de miembros de la oposición en esta instancia puede ser un paliativo temporal o un gesto político, pero no deja de ser una impostura y un potencial caballo de Troya. El régimen presidencial asigna el gabinete sólo a los fieles del presidente.

En un régimen parlamentario o semiparlamentario, el gabinete se distribuye, por regla constitucional, de acuerdo con la pluralidad de la representación, aunque haya una mayoría. Es evidente que en ambos sistemas el recurso ""poder de gabinete"" se distribuye de modo diferente, y el efecto de cada distribución para la política pública consiste, en el primer caso, en la unidad partidaria en torno al partido del Ejecutivo, y en el segundo por la corresponsabilidad para gobernar con un gabinete compuesto por varias opciones representativas. En el primer caso, la política pública responderá a la ""ortodoxia"" del partido del presidente, por lo tanto, será excluyente. En el segundo, deberá ser mixta, o sea incluyente. Es evidente, entonces, que la asignación de recursos en uno y otro régimen es distinta por definición y que un sistema parlamentario o semiparlamentario, por su condición de sistema mixto tenderá a incluir en las decisiones de gobierno las preferencias de un arco mayor de la sociedad. De ahí que esta condición sea más favorable a una mejor distribución de la renta o, si se quiere, a la ""democracia "" económica, sin abandonar el sistema representativo, como ocurre con los populismos. La diferenciación de preferencias electorales en México puso fin al sistema de partido hegemónico, dispersó el poder y produjo el efecto de separar al Ejecutivo del Legislativo. Así, hemos arribado a un pluralismo que exige un sistema político con instituciones también pluralistas. El sistema presidencial no lo es, por consiguiente es correcto encaminarse hacia una forma que sí lo sea. Si entre los problemas más acuciantes del país están la pobreza y la aguda desigualdad en la distribución del ingreso, es simple negligencia no atender a la evidencia mundial que muestra que los sistemas pluralistas con mayor representación proporcional en las instituciones de gobierno se corresponden con menor desempleo y mejor distribución del ingreso. Habrá que ver si la clase política tiene la sensatez y el valor de tomar en serio la realidad nacional y la evidencia internacional ahora que se dispone a decidir qué régimen de Estado y de gobierno adoptará para México.

[email protected] * Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM

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