Emilio Botín, banquero espanol con intereses en México, está seguro de que nuestro país es un magnífico campo para las inversiones extranjeras. A juzgar por los resultados que él mismo y su consorcio han obtenido, tenemos que creerle. Sin embargo, hay mexicanos que disienten de su dicho al grado de que dejan de invertir aquí para trasladar sus capitales a otros países. No se vale.
Sabemos que en un mundo globalizado como el actual, capitales y puestos de trabajo pueden emigrar con facilidad de un país a otro, buscando mejores condiciones para su florecimiento. México encara un futuro económico en el que lo que se necesita, entre muchas otras cosas, son capitales, nacionales o internacionales.
Botín, quien preside el Banco Santander Central Hispano, propietario del mexicano Santander Serfín, sustenta su optimismo en el futuro económico y político de México en el avance logrado en temas prioritarios como la Reforma Fiscal, el sistema de pensiones y, obviamente, en sus abultadas ganancias.
Por supuesto, como copropietario principal de la tercera institución bancaria del país, Botín puede coadyuvar con más ahínco en la actividad económica de México, colocando sus préstamos en actividades productivas con tasas razonables. Es más fácil para los bancos el crédito al consumo, la vieja y trágica historia de prestarle a quien ya tiene dinero o a quien pretende tenerlo y se endeuda irresponsablemente por falta no sólo de conocimiento financiero, sino de disciplina. Ahí están las pymes, para ése y para todos los bancos, que deben ser un creciente motor de la economía, pero registran poco o nulo acceso al capital.
Desde luego que, en este difícil camino de atraer el capital cuando hay múltiples destinos a donde se puede dirigir, como país debemos trabajar para acabar con los lastres que sirven de pretexto a quienes desean sacar sus capitales argumentando problemas sindicales, inseguridad jurídica o pública, problemas de propiedad intelectual, tendencia a la concentración monopólica en algunas industrias, etcétera. Nadie puede negar que eso sucede, pero tampoco cerrar los ojos a lo dicho y redicho, México es un país de empresas pobres y empresarios ricos. Esto no es un capitalismo sano, sino uno donde nacionales que antes eran protegidos desde las esferas del gobierno ahora, de manera abierta, si no encuentran las tasas de rendimiento y la protección que desean, amenazan con desinvertir.
En palabras del banquero espanol, el capital intelectual calificado en México constituye una base para crecer económicamente y defender la competitividad de las empresas, pues una educación de calidad constituye una palanca para superar las desigualdades, sociales, económicas y culturales que lastran el desarrollo de los países. La afirmación es válida para todos, pero las dijo en México, en el contexto de Universia, el proyecto de responsabilidad social del banco, y debemos tomarla con toda seriedad. Si estamos ya en franca competencia por las inversiones, y conocemos de sobra los obstáculos que tenemos y las ventajas que nos favorecen, no podemos permitirnos como nación el lujo de la pasividad. Si en México empresarios y políticos no crean condiciones idóneas, otras naciones lo harán. Mantener el status quo es perder.











