Jean Meyer * El Universal

"El Papa en su sexto año



Por primera vez en la historia del Vaticano, el Papa Benedicto da una larga entrevista, a caballo entre la confesión y la confidencia. En Luz del mundo, además de lo que dice, y es bastante, hay mucho que pepenar para quien sabe leer entre líneas. Para los mexicanos, dice que Maciel estaba protegido por muy altas autoridades eclesiásticas, que la Iglesia tiene una grave responsabilidad en el asunto de la pedofilia en general: ""Hemos actuado con mucha lentitud y gran retraso. De alguna forma la historia estaba muy bien tapada"", al grado de que cuando por fin explotó el escándalo fue, en palabras del Papa, como un volcán cuyas cenizas oscurecen el cielo, tapan el sol. También dijo que los peores enemigos de la Iglesia se encuentran en su seno. Y uno entiende que no ha sido fácil vencer la resistencia de los que piensan que la ropa sucia se lava en casa, etcétera. Y que la victoria no es definitiva; que la cúpula de la Iglesia no se deja reformar.

Hace más de cinco años que Benedicto XVI preside, más que gobierna, la multitudinaria Iglesia Católica. Al principio fue muy bien recibido por los cristianos, no tanto por los que denunciaban el Panzerkardinal, el Rottweiler del Papa, el gran inquisidor del mediático Juan Pablo II. Progresista en su juventud, compañero y amigo del, hasta la fecha, radical Hans Küng, fue su compañero en las batallas del Concilio Vaticano II, luego el 68 estudiantil, que desde París llegó a sus alumnos en teología, lo asustó. Al lado del Papa polaco resultó el docto guardián de la fe recibida de los apóstoles. Demasiado docto, demasiado guardián a veces.

Como Papa, por su edad (pronto cumplirá 84 años) y temperamento no es adepto de los viajes. Al tomar el nombre de Benedicto, se refiere a San Benedicto, el padre fundador de Europa y de sus órdenes religiosos, a Benedicto XIV, el pontífice de las Luces, abierto al progreso, y a Benedicto XV, quien al intentar poner fin a la Primera Guerra Mundial se ganó la hostilidad de ambos bandos. Tres hombres cultos y sabios, capaces de ir a contracorriente.

Él también rema a contracorriente. En Roma, cuando se topa con la resistencia de la Curia, en muchas partes del mundo católico, cuando los primados de las iglesias locales no le hacen caso y finalmente en todas partes cuando denuncia al ""relativismo"" de nuestros tiempos occidentales. ""La relación entre verdad y libertad es esencial, pero hoy tiene que enfrentar al gran desafío del relativismo que parece completar el concepto de libertad, pero en la realidad acaba destruyéndola, proponiéndose como una verdadera dictadura"". Entre los cristianos eso toma la forma de un sentimentalismo humanitario, reacio a todas las afirmaciones dogmáticas porque, se dice, causan conflictos. Para no provocar y crear enemigos, mejor no proclamar la verdad.

Pero ese Papa, calificado irónicamente de Herr Doktor Professor, para subrayar que es un pedante alemán, se sitúa en la continuidad de los padres de la Iglesia, griegos y latinos que creían en el poder de la razón humana. Dice de sí mismo que no es un místico, que no tiene iluminaciones. Como profesor emprendió la ardua tarea de restaurar la cultura y la inteligencia en una Iglesia cuyo clero, de arriba abajo, no brilla, en general, ni por la inteligencia, ni por la cultura. Y no daré nombres ni en México, ni en Perú, ni en Francia, ni... Para él la estupidez es un pecado, cuando se debe al olvido de las cosas divinas; y la ignorancia es también pecado cuando no sabe lo que debería saber y habla de todo sin ton ni son.

¿Cómo cambiar la estructura administrativa de la Curia que el Concilio no pudo reformar y que remonta al Concilio de Trento, o sea al siglo XVI? Eso estaba entre los proyectos del cardenal Ratzinger pero no tuvo la tranquilidad necesaria para trabajar en una tarea que se antoja titánica. Después del breve y fuerte vendaval provocado por su discurso de Ratisbona, mal interpretado como un ataque contra el Islam, vino el enorme y duradero huracán de la escandalosa pedofilia.

Le tocó a Benedicto cargar con todo el peso de una penosa realidad, agravada por el formidable fenómeno mediático que caracteriza nuestra época. La desconfianza, la pérdida de fe en la Iglesia, el hecho de que el enemigo más peligroso esté adentro de la institución, todo esto explica que aquel hombre evoque la posibilidad de renunciar. No a la hora del peligro mayor, pero algún día. Cuando Juan Pablo II enfrentaba el comunismo de la URSS, tenía todo a su favor y la mayoría de la opinión mundial. Su sucesor lleva un combate doloroso y mucho más difícil, de largo alcance. Juan Pablo conoció el triunfo y la gloria. Benedicto XVI carga con su cruz, discretamente.

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