"Abenamar Sánchez * CP. Cuando el centurión dio por muerto a Jesús la tarde de este viernes, algunas nubes se perdían con el sol en un juego de luz y sombra mortecina sobre las quebradas a orillas de San Cristóbal de Las Casas. Era la 1:45. Entre la multitud compacta, en el atrio del Templo de Mexicanos, se escuchaba el llanto de un nino y los resuellos de una anciana. Sobre un templete, tres cruces y tres cuerpos: Jesús flanqueado por los ladrones Dimas y Gestas.
Mientras María lloraba abrazada a la cruz de su hijo, José y Nicodemo se hicieron presentes para cargar con el cuerpo de Jesús: ?lo llevaron! No a una tumba, sino a las instalaciones de la Cofradía de Mexicanos, junto al templo, de donde había salido por la manana para ser juzgado por Poncio Pilatos y luego recorrer durante dos horas, con la cruz a cuestas, las calles de la ciudad colonial.
Cuando la multitud volvió al atrio del templo -que surgió como ermita en 1528, casi cuando se fundó la ciudad-, el sol no dejaba ni rastros de ese frío seco que se sentía por la manana. El recorrido fue circular: terminó en el mismo lugar: el Barrio de Mexicanos, al norte poniente de la ciudad colonial asentada -50 kilómetros al oriente sur de la capital chiapaneca- sobre el valle frío de Hueyzacatlán.
Allí iba a morir Jesús. A la 1:30, los verdugos, vestidos de falda, alpargata y chaleco, le despojaron de su vestimenta. ""Qué dolor"", exclamó una mujer y bajó la mirada. Los ladrones ya estaban recostados sobre las cruces. El centurión (barbado y de complexión gruesa) permanecía a lado. Apenas movió un dedo, sus hombres alzaron las cruces. Sus gestos eran órdenes. La multitud aguardó en silencio.
Jesús se dolía sobre la cruz.
Preludio
El atrio del Templo de Mexicanos es de unos cincuenta por cincuenta metros. Al oriente está tocado por un kiosco, breves jardines y casetas para la venta de empanadas, helados y palomitas. Al poniente, se impone el templete de cemento donde cada ano muere Jesús en la cruz: fue construido hace décadas como un mero escenario de las festividades del barrio (uno de los seis que fundaron San Cristóbal de Las Casas, la antigua capital chiapaneca) que sigue funcionando -sostiene el investigador Jorge Paniagua Mijangos- como un reflejo de la identidad colectiva autodenominada coleta.
Pero este viernes, pegado al kiosco estaba una celda con dos compartimentos. Y junto a la pared de la Cofradía estaba el pretorio desde donde Pilatos sentenciaría a Jesús. A las 9:30, hombres y mujeres iban y venían en su espera. No pocos venían de la periferia de esa ciudad que -según el Instituto de Estudios Indígenas de la Universidad Autónoma de Chiapas (Unach)- en el último tercio del siglo XX registró un crecimiento poblacional promedio de 300 por ciento por la inmigración indígena.
De repente, a las 9:45 se asomó un joven ataviado como soldado romano. Todo empezará a las 10:00, alcanzó a decir antes de encerrarse de nuevo en las instalaciones de la Cofradía. Adentro, 60 o 70 jóvenes y adultos se daban los últimos retoques antes de empezar a escenificar la Pasión de Cristo. Al rato, Juan Alejandro Aguilar Sánchez, a quien le tocó el papel de Jesús, dijo que en realidad la preparación ha durado tres meses: ejercicios y cargas pesadas en la casa. Él lleva nueve anos participando y tres haciendo el papel de Jesús en una ciudad con una población que rebasa los cien mil habitantes, 60 por ciento católica. Una larga preparación para una breve jornada.
Vía Crucis
Tam..., tam/tam.
Tam..., tam/tam.
Un joven soldado romano, serio, vestido de guerrero de terciopelo, casco dorado y alpargatas, sale a las 11:15 de la Cofradía, atraviesa el atrio y se mete a la calle, seguido de dos decenas de soldados que escoltan a Jesús en manos de un par de verdugos. Atrás, casi junto a las amigas de Jesús, otro par de azotadores llevan a los ladrones Dimas y Gestas. Después de ellos, va pegada la multitud que avanza a empujones.
Jesús iba sentenciado a muerte. Poncio Pilatos había liberado a Barrabás en un improvisado juicio en el atrio. En la segunda estación, la cruz -un madero de unos setenta kilos- cae sobre la espalda de Jesús. Una estación adelante cae de bruces a media calle y le llueven patadas y azotes con rafia. Entre la multitud se escuchan sollozos. Es que los golpes (dirá más tarde Jesús) son de verdad. En la siguiente estación, Simón (un hombre moreno, vestido de manta) se presta a cargar el madero: avanza a traspiés, pelando el ojo.
En la séptima estación, casi en la esquina de plaza central de la ciudad, Jesús vuelve a caer con la cruz. Una peregrina, indígena, aprovecha el tiempo y corre a meter una moneda a un videojuego. Ahí cerca, una joven observa con tristeza a Jesús en el suelo. Éste, Juan Alejandro, se levanta como puede y continúa el camino a la muerte. En la novena estación, otra vez de bruces y más golpes de los azotadores. Así llega, a la 1:18, entre patadas y azotes al atrio del Templo de Mexicanos.
Las primeras cuatro estaciones, cuenta Juan Alejandro, maestro de preescolar, un hombre de unos 35 anos, es un poco fingido el asunto. Pero de ahí en adelante, sí es pesado. En eso, se levanta la camisa y muestra las marcas de los azotes, ya en las instalaciones de la Cofradía. Son las 2:00. Se ha quitado la peluca y el maquillaje, pero no así las marcas de los golpes. Hace unos cuantos minutos que fue bajado de la cruz. Se ve cansado. Afuera ya casi está en calma. Jesucristo murió en San Cristóbal de Las Casas. Sonríe.
"











