José Alberto Castro * El Universal

"¿Somos los mexicanos esquizofrénicos? Sin duda, una gran parte de los nacidos en México padecen ese mal sicológico. Por fortuna son muchos los que la libran, pues son compatriotas realistas y honestos, interesados en el progreso del país y su gente.

No obstante, la feroz patología se ha enquistado en la élite del poder económico, empresarial y religioso, sin piedad perturba la mente de magnates de las finanzas y los negocios, jerarcas de la Iglesia, líderes sindicales y, por supuesto, a los clarividentes miembros de la clase política e incluso a poderosos medios de comunicación.

Cada mañana somos testigos de la presencia dominante de este flagelo moderno con la propiedad de cegar a sus víctimas para impedirles ver un país donde se pondera la ley como norma única de convivencia social y, sin embargo, se le viola cotidiana y sistemáticamente.

Sumidos entre el sueño y la realidad los mexicanos esquizofrénicos no quieren aceptar el dato duro de un país que no crece, sin empleos, ni alicientes para los jóvenes. Sólo balas, la tentación del dinero fácil y drogas. Sin recursos para dignificar la vida de sus pensionados, con presupuestos mínimos para la educación y la ciencia. Además de un número preocupante de poblaciones sojuzgadas por el crimen organizado, donde son atropellados los derechos humanos de civiles en una guerra del Estado contra la delincuencia cuya genial estrategia, no es otra que la fuerza bruta.

Atrapados por esta terrible cárcel mental, no aceptan pertenecer a una nación subdesarrollada, ni quieren saber la causa; al contrario, le dan la espalda a la desigualdad y a los 18 millones de mexicanos hundidos en la pobreza extrema. ""Qué hacemos con los pobres que afean nuestras calles"".

No están al tanto de nuestra paradójica cualidad de sobresalir porque rara vez terminamos lo que empezamos, como los presidentes de México, tenemos mucha iniciativa, pero pocos resultados. Tampoco se inquietan por nuestra fama universal de flojos, impuntuales y despilfarradores.

El connacional esquizofrénico no admite la crítica, por ello no reconoce en los de su estirpe la baja estima, la facilidad para destruir lo más amado, la prontitud en denigrar a los demás y la obsesiva compulsión de dar al traste con el medio ambiente y los recursos naturales, sin dejar de citar: conformismo, improvisación, irresponsabilidad, desmadre, relajo, egoísmo, desorden y apatía.

Sólo desde la perspectiva de la esquizofrenia social podemos entender el pesimismo que agobia a millones de mexicanos después de una derrota de la selección nacional como los altísimos niveles de triunfalismo en los pronósticos populares sobre el resultado de su siguiente partido. ""Jugaron como los dioses, pero volvieron a perder"".

Sin capacidad para distinguir entre la verdad y la mentira, simulador y doble cara, el esquizofrénico social, por supuesto, niega ser racista y se muestra sorprendido ante la distinción entre los criollos blancos y la inmensa mayoría de población cuya pigmentación cutánea es morena.

La mala memoria de este sujeto le impide recordar sus propias expresiones sobre una mujer de facciones indígenas: ""Tiene tipo corriente"" o ""parece sirvienta"". O cuando aseguró ""con esa pinta de pobre, naco, gato e indio nadie le va a dar trabajo"".

La distorsionada mirada del individuo esquizoide no relaciona el progreso nulo con corrupción, racismo, ignorancia y asfixia democrática. Considera subversivo entender la irracionalidad, la hipocresía y la corrupción como los modos políticos autoritarios de los gobiernos priístas a lo largo del siglo XX. Ahora replicados por los gobiernos federales panistas y su contribución de toneladas de detritus al lodazal de la inmoralidad.

Cínico concluye que lo más racional es comportarse irracionalmente y lo más eficiente acudir a la corrupción. ""Quien no transa no avanza"".

Porque el esquizofrénico es uno más de los mexicanos encumbrados en el poder, los sindicatos y las empresas monopólicas engarzados en mayor o menor medida en el juego de reglas no escritas e ilegalidades dentro del cual se mueve una gran parte de la vida política, económica y social. Y además debe reconocerse que la enorme inmoralidad de los de arriba es encubierta por las tropelías de los de abajo. Unos y otros son parte de un gran engranaje cuyo aceite es la corrupción. El esquizofrénico tiene nostalgia del pasado y quiere que regrese el PRI a Los Pinos, pues el fracaso de la derecha panista en el gobierno lo tienta a reciclar el nacionalismo autoritario, antidemocrático y corrupto.

Si el reto de México es por su futuro, por supuesto le vale: ""¿Acaso importa que México esté jodido y tan lejos de la madurez política, la bonanza económica, el bienestar social o los avances en ciencia y tecnología de los países de primer mundo?"".

Quizá no lo crea, pero la mentalidad esquizoide existe al igual que sus víctimas. Para saber más acuda a su descubridor Agustín Basave, autor de Mexicanidad y esquizofrenia (Océano, 2010).



*Académico literario y periodista

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