El mundo no es justo o injusto como puede serlo un estado o una persona. Apelar a una situación estructural de injusticia quiere decir que estamos hablando de propiedades de la forma del mundo, que no cabe reducir a la injusticia imputable a personas concretas, aunque las injusticias estructurales incluyan necesariamente actuaciones personales injustas.
Para algunos, hablar de justicia global es excesivo y prefieren hablar de justicia internacional, lo que presupone que consideran al estado nacional como el contexto propio de la justicia. Esta primacía ha dominado durante mucho tiempo la reflexión acerca de la justicia. Pero la dinámica de la globalización ha ido erosionando el modelo de unas relaciones internacionales sobre la base de unos estados más o menos independientes. Tampoco pueden entenderse las consecuencias del cambio climático, las patentes de ciertos medicamentos, el saqueo de los bienes naturales, la desregulación de los mercados financieros o el hambre en el mundo como asuntos internos de los estados que se explican, justifican o gestionan en el seno de tales marcos estatales.
Hablar de justicia universal -algo más radical que la justicia internacional- tiene sentido en un mundo de interdependencias que establece comunidades más allá del marco estatal. Muchos problemas nos conciernen independientemente del lugar en el que vivamos: los medios y la inmigración nos acercan el sufrimiento del mundo, el cambio climático y la crisis financiera nos han hecho evidente que vivimos en un mundo. Las decisiones que se adoptan lejos de aquí nos afectan.
En este contexto resultan inservibles aquellas teorías de la justicia que parten del principio de que las obligaciones de justicia sólo valen para aquellos que viven en una comunidad política o bajo una misma constitución. Las obligaciones de justicia surgen en procesos sociales que vinculan a personas; las instituciones políticas son más bien respuestas a estas obligaciones que su punto de partida.
Las cuestiones de justicia se plantean cada vez más a nivel global, en la medida en que ese nivel constituye una estructura política en la que se deciden las oportunidades vitales de muchos seres humanos. Hay injusticias que se refieren a estructuras globales y que requieren actuaciones específicas en ese nivel.
La fijación en el marco nacional es incapaz de entender la naturaleza de la pobreza en el mundo y la correspondiente estructura de responsabilidad. Rawls, por ejemplo, veía las causas de la pobreza extrema sólo en los países pobres, en su mal gobierno o en la ausencia de redistribución en el interior de esas sociedades. Pero lo cierto es que el actual orden mundial está configurado a base de incentivos y regulaciones que contribuyen a tales situaciones de pobreza. La pobreza no se explica sólo por causas locales sino también por factores que tienen que ver con el orden internacional: proteccionismo que impide la apertura de los mercados a los países empobrecidos, los acuerdos de patentes que impiden la introducción de mecanismos genéricos en esos países. Hay que tener en cuenta, además, que el actual estado de los países empobrecidos el resultado de un proceso histórico marcado en muchos casos por la esclavitud, el colonialismo y el genocidio.
Entender esta causalidad es fundamental para enfocar adecuadamente el debate en torno a la pobreza y las acciones encaminadas a combatirla. No estamos ante la obligación positiva de disminuir el sufrimiento mediante la ayuda humanitaria sino en la obligación negativa de justicia que nos exige cambiar el actual orden del mundo de modo que no lesione los derechos humanos.
Daniel Innerarity-CCS











