"Francisco Valdés Ugalde * El Universal. zQué tan contradictorias son? La filosofía siempre ha tenido serios problemas al tratar de encontrar alguna forma plausible de resolver las contradicciones entre ellas.
La libertad de acción en función del interés propio resulta en arreglos distributivos lógicamente asimétricos en la sociedad. Al considerarse legítimos libertad de acción e interés propio, se colocan como criterios prioritarios del orden social y por tanto es obligatorio respetarlos.
Si, al contrario, se toma la asimetría distributiva como la cuestión más importante se invierten los términos. La libertad de acción y el interés propio deben ser limitados hasta encontrar un equilibrio entre ambas legitimidades: la de la justicia y la de la libertad.
En un extremo de esta tensión se ha sostenido que no se puede mantener la prioridad libertaria como base del orden social y aceptar limitaciones al interés propio, con la excepción del atentado contra el interés de otros. De ahí la ""libertad negativa"" y una idea de lo público como espacio estrictamente limitativo en el que se lograría el bienestar conjunto como suma de bienestares particulares con el estado mínimo.
En el extremo opuesto, si se da prioridad absoluta al objetivo de mantener el equilibrio distributivo con equidad, independientemente del interés propio de los individuos, se edifica un espacio público que lo absorbe todo, que concentra el poder político en nombre del bienestar conjunto y desemboca en totalitarismo.
Puestos así los extremos, podría pensarse que la respuesta a cada exceso estaría en el punto medio, en evitar la disyunción de la equidad y la libertad individual. Pero zcómo conseguirlo si, necesariamente, cada principio se contradice con el otro?
Varios autores importantes se han preguntado las cosas de otro modo. Amartya Sen ha formulado la pregunta ""zigualdad de qué?"". Al contestar esta pregunta propone un concepto de libertad que va más allá de esa libertad negativa en que cada uno hace lo que quiere a condición de que respete ese mismo derecho en los demás. Su forma de reenfocar el problema es una renovación en la filosofía y en el pensamiento económico: la cuestión consiste en qué tanta ""libertad de lograr"" tiene un individuo.
La respuesta no consiste en reducir al individuo a la insignificancia o en disminuir el valor de la justicia. Por el contrario, consiste en ampliarlo. Cuánta libertad de conseguir tiene un individuo depende de lo que ha recibido como dotación inicial y de lo que puede conseguir de su entorno a lo largo del tiempo.
Si se postula la equidad o, mejor, la justicia como valor compatible con la libertad, entonces la fórmula de la libertad de lograr se traduce automáticamente en un problema de equidad y, desde luego, en un asunto colectivo y público.
La sola libertad negativa no ha sido suficiente para hacer avanzar el ideario liberal. Al limitarse a ella, el liberalismo ha quedado desdentado por su propia seguridad. Al garantizar lo mínimo sacrifica valores propios que podrían realizarse, como, por ejemplo, la expansión de la libertad para mayor número de individuos.
Es necesario, dice Sen, desarrollar una cultura de individualismo radical según la cual ninguna persona puede ser privada del derecho de lograr finalidades legítimas que puede proponerse, con base en el argumento de que ese derecho ""atente"" contra otras libertades.
A pesar de una densa discusión entre ambos, el filósofo político John Rawls coincidió con este planteamiento. Según él, el liberalismo político no es meramente una suma de ideales, sino una manera de aproximarse a la construcción de las instituciones públicas. El Estado democrático es una forma de organización política que no puede admitir el predominio de ninguna ideología excluyente de las demás. Únicamente puede fijar los valores y procedimientos para que todos los individuos tengan acceso a un esquema igualitario de libertades y a procedimientos para asegurar justicia a favor de quienes tienen menos ventajas en la distribución de bienes y de capacidades para lograrlos.
Así, construcción de la política y libertad de ""lograr"" quedan unidos indisolublemente, del mismo modo en que queda excluida toda forma de ""pensamiento único"" como recurso para ordenar la sociedad y la vida de los individuos.
Rawls lleva su razonamiento hasta el punto de desprender al liberalismo de toda doctrina que establezca en modo absoluto principios de organización inaccesibles para la deliberación pública, en cuyo ámbito se decide el ordenamiento de la legalidad. Esto incluye a la propiedad privada. El filósofo estadounidense estableció que al tratarse de la organización de los medios fundamentales para la vida social su organización bajo la propiedad privada no pueda justificarse, por lo que puede quedar sujeta a un esquema al servicio del cumplimiento de los valores de la igualdad de medios para lograr.
Con esta tesis, el profesor de Harvard consiguió algo que no se había logrado en el horizonte liberal: separar la forma absoluta de propiedad capitalista de la estructura del derecho liberal.
De esta manera, los valores de la justicia, como la igualdad de posibilidades de acceso a bienes básicos quedan indisolublemente unidos a la libertad. Las posibilidades de imaginar una sociedad organizada de acuerdo con valores liberales y al mismo tiempo socialistas, o de acuerdo a un esquema de distribución de la propiedad en múltiples pequenas unidades se emparentan de tal forma que ya no resultan contradictorias. Si el liberalismo exige que ningún principio absoluto se imponga sobre el ordenamiento de la sociedad, entonces es posible resolver la contradicción aparentemente irresoluble entre justicia y libertad.
La democracia política es el espacio de la deliberación para decidir el camino que hay que seguir. Con esto se anade un tercer componente imprescindible que forma parte al mismo tiempo de la justicia y de la libertad. No hay ninguna sin las otras dos.
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+ Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM
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