México está en medio de crecientes presiones migratorias que pueden convertirse en uno de los principales retos del siglo que comienza. Por un lado es expulsor en condiciones adversas para sus propios ciudadanos, a los que debería otorgar protección consular, y del otro es receptor en una situación que amenaza con salirse de control por la acumulación de desplazados en la parte más pobre del sur de la República. Atender la alerta por vía doble, la de los que salen y la de los que entran, es urgente.
Los hombres de negocios toman decisiones según sus intereses económicos, sin imaginar las consecuencias sociales que pueden llegar a tener. La interrupción de la corrida de un tren en Arriaga, Chiapas, cuyo camino al norte transportaba a decenas de indocumentados centroamericanos, acumula tensiones en entidades políticamente explosivas, como Oaxaca y Chiapas.
En el Bajío reclutan a trabajadores mexicanos con promesas incumplidas de salarios que aquí no alcanzarían. Firman voluntariamente para irse, pero las condiciones incumplidas y el maltrato los llevan a querer regresar muchas veces sin lograrlo. Acaban casi de esclavos.
Suena fuerte, pero cuidado con ser parte del tráfico laboral inherente a la globalización, ese esquema de movimiento de trabajadores de países pobres que se aleja de la trata del pasado, en tanto que no necesariamente implica la propiedad sobre un ser humano, pero se acerca por cuanto permite anacrónicos abusos.
México es país de tránsito, pero ante la emergencia planteada en los estados del sur por la interrupción de la corrida de un tren está convertido en obligado fin de ruta.
Las dramáticas fotografías del éxodo centroamericano exhiben la pobreza extrema. Ahí están los pies de las caminatas de 260 kilómetros desde el río Suchiate, en la frontera sur, hasta Tonalá.
Las ganancias del tráfico de personas apenas son superadas por las de las organizaciones transnacionales de las drogas y armas. Con frecuencia las rutas y quienes las manejan son los mismos, son los que explotan a los que quieren moverse, a los desplazados, a los que recorren el mundo en búsqueda de lo que no encuentran en sus propios países.
Estos olvidados de la tierra, como los llamaría Franz Fannon, son nuestros y de otros, todos juntos mezclados en su pobreza y en su vulnerabilidad.
El trato hacia ellos no puede ser desigual. Si pretendemos como país que se proteja a un mexicano en el exterior de potenciales abusos, como los denunciados en las islas del Caribe, en cualquier municipio de Chiapas debemos estar listos para proteger a los migrantes.
Todo intento oficial por atender el problema debe acometerse con seriedad y cuidando no crear un foco rojo adicional en la compleja realidad mexicana. Toda muestra de solidaridad de las organizaciones no gubernamentales debe agradecerse. Prevengamos una emergencia de campamentos de desplazados como los que existen en otras regiones del mundo, en las que también están trastocados los flujos laborales, precarios, pero organizados dentro de la lógica cruel de la globalización. (El Universal).











