El narcotráfico realizó lo que a todas luces es una acción inaceptable: amenazó al gobierno de Jalisco con asesinar policías si uno de sus capos (quien inicialmente se creyó que era El Patrón) no era liberado.
El Patrón es considerado el autor intelectual del inepto intento de asesinato contra Julio César Sánchez Amaya, el jefe Pegaso de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal.
La identidad de El Patrón no es conocida públicamente pero las autoridades jaliscienses detuvieron a una persona con las características físicas que se atribuyen al capo.
La idea de que El Patrón había sido arrestado fue desechada, pero la actitud de los presuntos narcotraficantes fue reveladora de lo que sólo puede ser considerado como arrogancia.
Lo grave está en dos partes. Primero, que las autoridades del estado de Jalisco se hubieran sentido inclinadas a ceder ante la amenaza y, segundo, pero no menos grave, que los narcotraficantes se hubieran sentido con la fuerza suficiente para lanzar la amenaza.
El que un grupo narcotraficante sienta que tiene tanta fuerza como para desafiar al Estado mexicano, porque finalmente ese fue el planteamiento, reviste una enorme importancia y un reto que sólo puede tener una respuesta: no.
En este caso, lo más lamentable sería la muerte de dos gendarmes levantados por narcotraficantes que se hicieron pasar como agentes federales. Pero su infortunada situación sólo subraya la necesidad de que los delincuentes sean combatidos y controlados.
De acuerdo con reportes diversos, en sitios como Tamaulipas los traficantes se han dado el lujo de influir en las elecciones locales mediante amenazas a los candidatos; en otros estados, como Hidalgo, amedrentan autoridades al grado de que los policías se dedican más a protegerse que a combatir el crimen.
Es una situación cada vez menos aceptable para la ciudadanía, que observa y siente el temor creado por el crimen, mientras quienes debieran encabezarlos -dirigentes políticos- se dedican sólo a juegos de poder. Como Nerón, tocan la lira mientras Roma se incendia. (El Universal).











