El aire en la plaza del Parachico huele a puerco con arroz y a fiesta. La ciudad colonial de Chiapa de Corzo vibra con una de sus tradiciones más profundas, la celebración al señor de Esquipulas, junto a San Antonio Abad, y San Sebastián, esta imagen completa la trinidad de devoción que define el fervor chiapacorceño en la Fiesta de Enero.
Las calles, normalmente serenas, se han transformado en un río de color y sonido, inundadas por un mar de monteras, el repicar de los chinchines y la música de banda que resuena desde cada esquina.
Figura
En el corazón de la festividad se encuentra la figura del patrón de los parachicos, don Rubisel Nigenda, quien guía el recorrido ritual.
La segunda parte de la jornada inicia en la plaza del parachico, donde tras la primera parte del trayecto, se reparte la comida a los danzantes, un acto de comunidad que fortalece el espíritu y la energía para la danza.
La misión va más allá del baile. El recorrido es una peregrinación que visita las casas donde habitan santos. Allí, ante cada altar, don Rubisel ejecuta el tradicional zapateado, un diálogo terrenal con lo divino, mientras la cohorte de miles de parachicos lo sigue con energía y fe.
En este mosaico de devoción, algunos fieles adoptan un papel de penitencia o agradecimiento extremo. Se postran ante el patrón para recibir la flagelación ritual, un acto de purificación con el que buscan mitigar culpas o cumplir promesas a los santos de su devoción.
Sacrificio y gratitud
Es un recordatorio de que esta fiesta, alegre y bulliciosa, se sustenta en un profundo sustrato de sacrificio y gratitud.
Resulta imposible caminar por las rutas donde avanza la comitiva. El sonido del carrizo marca los cambios en la danza, los chinchines suenan con una fuerza que estremece, y la música envuelve todo a su paso.
Como explica el investigador chiapaecorceño Julio César, el parachico es más que un traje; es un ser que habita el espacio y el tiempo, en busca de un cuerpo. “Cuando lo encuentra, en cada habitante de esta ciudad, se hace uno para bailar ante las imágenes”. Su fin último, con o sin penitencia, es danzar con fe y alegría.
Así, entre el reparto de comida, el zapateado sagrado, el olor a pólvora, el dolor de un fuetazo y el estruendo de la banda, Chiapa de Corzo vive sus fiestas de enero.
Una invitación a disfrutar, a comprender y respetar la compleja y vibrante trama de una tradición que sigue danzando, generación tras generación.












