Un día sí y otro también nos amanecemos con la misma noticia: en este país nunca pasa nada. No importa cuánto enojo despierta un suceso, cuánto escandalice una declaración o indigne un acto de corrupción, en unos días nos olvidamos del problema. Es una de las realidades más ingratas a las que se enfrenta el periodismo mexicano.
En pasados meses este diario publicó dos amplios reportajes relativos a la ineficiencia y la ausente rendición de cuentas que padecen los programas insignia del gobierno federal para las zonas rurales del país.
Primero se revisó acuciosamente ProÁrbol, cuya meta, en el papel, era restaurar 16 mil 700 hectáreas deforestadas. Con datos y argumentos se demostró que el gobierno federal logró más publicidad que resultados. La mayor parte de los árboles sembrados habían muerto a las pocas semanas, mientras los dineros supuestamente entregados a ejidatarios se extraviaron en el camino burocrático.
La reacción de las autoridades fue correr al director del programa, pero nunca se anunció una reestructuración del mismo.
Tiempo después se denunció cómo en los últimos 15 años el Estado regaló a los agricultores más ricos del país los subsidios del programa Procampo, supuestamente destinado a mejorar la competitividad agrícola del país. El reportaje advirtió cómo el padrón de beneficierios, al no estar bajo escrutinio, contenía los nombres de políticos interesados y funcionarios. Tras una semana de debate entre especialistas y funcionarios el programa siguió como si nada. Dos episodios que parecen haber sido olvidados porque el proyecto de presupuesto del próximo año pide aumentar el dinero a ProÁrbol y mantener el de Procampo.
En el país donde nunca pasa nada unos cuantos tienen el poder de imponer el olvido privado sobre la memoria pública. (El Universal)











