"Francisco Valdés Ugalde * El Universal. Hace 170 anos, Hans Christian Andersen publicó un cuento que tituló El traje nuevo del emperador. En la fábula, un rey bueno para con su pueblo tenía el defecto de preocuparse demasiado por su vestimenta, que debía ser a la vez elegante, cómoda y lo más ligera posible. Un día, unos charlatanes ofrecieron hacerle un traje con una nueva tela. Cuando se la mostraron, el rey no pudo verla, pero fingió que podía. Cayendo en el engano, mandó hacer el traje. Como era el emperador nadie quiso contradecirlo. Cuando la prenda estuvo lista, sus enviados tampoco pudieron verla, pero siguieron el juego. El rey la vistió y salió a un desfile. Al mirar a su gobernante, el pueblo alabó la vestimenta hasta que un nino provocó el desengano al exclamar: ""El rey va desnudo"".
Más o menos así se exhibe nuestra clase política. Los vítores que ha recibido la reforma constitucional en materia electoral corresponden a la ceguera colectiva que acompana a la de los dirigentes de los partidos y los congresistas. Los observadores se dividen entre los que ven el vaso medio lleno y los que lo ven medio vacío. A estos últimos habría que anadir otra categoría, la de los que observan que el vaso está rajado.
Como se ha dicho, la reforma tiene virtudes innegables. Entre ellas, la subordinación del poder fáctico de los medios masivos de comunicación en las elecciones y la reducción de los costos de campana.
Pero el problema principal que enfrenta el camino de las reformas es la ausencia palmaria de puntos de acuerdo sobre el tipo de régimen político que se quiere construir, así como la confusión entre régimen y Estado que prevalece en la ley con la que se pretende reformarlo. Sin esos acuerdos no hay modo de saber a qué propósitos sirve la reforma de la materia electoral. De los cinco puntos que contiene esta ley, a saber, régimen de Estado y de gobierno, sistema electoral y de partidos, federalismo, reforma del Poder Judicial y garantías sociales, únicamente se ha desahogado el segundo. Y eso parcialmente, porque falta todavía la adecuación de leyes secundarias y reglamentos.
zQué piensan los partidos políticos sobre los temas que faltan? zQué acuerdos se fraguan en San Lázaro, Xicoténcatl y Los Pinos? zCuáles son las visiones acordadas o prevalecientes sobre estos temas trascendentales? zSe tratará de dar un retoque al régimen y dejarlo como está o se reconocerá su decrepitud y se le adecuará a la realidad contemporánea del país?
Cuando se formulan estas preguntas algunos creen que la pretensión de quienes las hacemos es ""refundar"" el Estado, queriendo senalar con esto una megalomanía o el riesgo de que un Chávez mexicano se apodere de las instituciones para adecuarlas a sus iluminaciones visionarias.
Nada más inexacto. El tipo de reforma que requiere el sistema político no consiste en hacer borrón y cuenta nueva, sino en llevar a cabo las adecuaciones que demanda la sociedad y que están a la vista en la realidad del país.
El régimen político fue originalmente construido (en 1917) para una gobernabilidad que resultaría de la competencia democrática entre dos partidos: el partido ""progresista"" y el ""partido de la reacción"". Luego, al suprimir toda oposición a la coalición ""revolucionaria"" que se hizo del poder en 1920, ésta redisenó el sistema (entonces sí, ""refundándolo"") para hacerlo funcional al dominio de un solo partido.
En concreto: suprimió el derecho de los ciudadanos de la capital del país para elegir a sus autoridades, eliminó la reelección legislativa y municipal, trasladó del Congreso y las legislaturas estatales al Presidente la facultad de nombramiento de los ministros de la Suprema Corte de Justicia, arrebató a las legislaturas de los estados las facultades legislativas en materia municipal y de hacienda pública concentrándolas en el Ejecutivo federal, prolongó el mandato presidencial de cuatro a seis anos y cerró el sistema electoral al acceso de opciones alternativas. A esto hay que anadir el control de la prensa y los medios de comunicación.
Algunas de estas bases fundamentales del sistema presidencial de partido hegemónico han sido moderadas. Los electores del Distrito Federal pueden votar a sus autoridades (si bien en un sistema político local que es aberrante), la Suprema Corte tiene independencia y el sistema electoral autonomía, aunque con la reforma reciente se le ha mermado.
Sin duda, ya no presenciamos el dominio de una sola fuerza política. Y, precisamente, ahí está el problema. La clase política no ha reconocido que el pluralismo que emana del electorado tiene que moldear el régimen político mediante su intervención como representante del pueblo. Y la prioridad es dar vida en el Estado a la pluralidad política de la sociedad, lo que supone hacer que el régimen sea capaz de procesar el disenso en compromiso. Y ello solamente puede hacerse en un sistema que sea al menos semiparlamentario y que devuelva a las entidades federativas el poder de decidir su régimen interno, como lo manda el artículo 41 constitucional. En consecuencia, es necesario hacer desaparecer las bases constitucionales del sistema hegemónico y transitar hacia un modelo capaz de dar cabida a la diversidad política que emana de una sociedad desigual y largamente oprimida.
Para ello es necesario reconocer que esta plausible construcción de un sistema mixto, es decir, que sea capaz de mezclar con resultados de suma positiva las preferencias distintas de la sociedad, como las que se manifestaron explosivamente en 2006, es un medio para cambiar las relaciones de poder en el Estado.
Lo que quiere decir esto último es que un régimen político sólo honra su finalidad si procesa adecuada, elegantemente (diría un matemático), las preferencias sociales en decisiones públicas. El sistema que tenemos actualmente carece de esa capacidad. Es un vaso con agua a la mitad pero peligrosamente cuarteado, un traje invisible que exhibe la desnudez de la clase gobernante.
[email protected] / Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.
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