La diáspora mexicana

El creciente flujo de mexicanos hacia Estados Unidos representa una de las mayores diásporas en la historia moderna, según el Instituto Norteamericano de Política Migratoria (IPM), pues uno de cada 10 mexicanos vive en el vecino país, y allá labora 15 por ciento de nuestra fuerza de trabajo.

Nada parece poder frenar esta migración, que en su fase actual comenzó con la crisis económica de 1982 y se aceleró con el auge económico de Estados Unidos en los anos 90.

Ya es sintomático que el presidente del IPM, Demetrio Papademetriou llame a este fenómeno diáspora, palabra que también viene del griego, en analogía a la gran dispersión del pueblo hebreo por el mundo en el siglo II, como si toda la nación mexicana fuera a incorporarse a esa corriente migratoria. No es así.

Los migrantes mexicanos pobres y sin calificaciones técnicas, se marchan porque aquí hay mano de obra que no se utiliza y pocas fuentes de trabajo, en tanto que en Estados Unidos se supone que hay vacantes, capacitación laboral y mejores posibilidades de estudio para los hijos; además, allá la paga más baja que se puede obtener por hora es el equivalente a lo que en México se gana por día.

La gente no se iría de su país ni dejaría hogar, familia y amigos en busca de trabajo en el extranjero, si en su propia tierra encontrara ocupación en condiciones similares o mejores.

Un México con un proyecto de nación y programas de desarrollo económico apropiados mantendría en casa a sus nacionales, que son un recurso humano potencialmente productivo, como allá lo han demostrado sobradamente.

Mientras tanto, el Congreso de Estados Unidos enfoca el problema sólo desde el punto de vista estadounidense, con el refuerzo de la seguridad en la frontera, la sanción a los patrones que contraten indocumentados y con más opciones a la migración legal. Una población extranjera sin registro es una anomalía, pero al mismo tiempo una necesidad para ese país.

Lo que no han considerado los funcionarios preocupados por el problema de la migración ilegal es el apoyo para desarrollarse a las naciones de donde los trabajadores proceden, de tal modo que la decisión de irse sea una locura, en vez de, a menudo, la única opción que tienen quienes solamente buscan un trabajo y un modo honesto de vida.

Un ejemplo de ello es la reciente resolución de la Unión Europea, de apoyar en su desarrollo a los países de los que sale la mayor parte de la migración africana hacia Europa; el compromiso de estas naciones es el de retener con trabajo a sus ciudadanos.

Para nosotros, este es un tema tan importante que ni siquiera tiene relieve en las actuales campanas políticas, tan ajenas a lo que verdaderamente gravita en el ánimo nacional.

El éxodo de los mexicanos merece algo más que alusiones triviales. Debe ser motivo de una seria y profunda reflexión que nos conduzca a cancelar sus causas, sin menoscabo de estar pendientes de que los derechos humanos y laborales de nuestros nacionales sean escrupulosamente respetados en tierra extrana.

Con todo, es lamentable que se vayan. Es lamentable que su fuerza de trabajo, su coraje y dignidad no se queden con nosotros.