La disputa interminable

Todo tiene un límite, y el intercambio cotidiano de `dimes y diretes` entre el presidente de la República y el jefe de Gobierno del DF parece llegar al suyo. Si bien una de las condiciones de la pluralidad democrática es la convivencia de proyectos de nación diferentes, lo que hemos presenciado los ciudadanos en las semanas recientes, y muy recrudecido en estos días, ya adquirió tonos preocupantes, que nada tienen qué ver con ideas de fondo, argumentos y posibilidades o no de éstos.

Resulta poco grato ver cómo las partes esgrimen sus razones, una y otra vez cada día con más adjetivos y menos argumentos, con mayores descalificaciones y menos razonamientos, en lugar de explicarnos a los mexicanos respecto de los grandes problemas nacionales y locales; su intensidad y su perspectiva de solución.

De las intervenciones y discursos de ambas partes se desprende que el debate respecto del desafuero es una obsesión casi de tintes personalistas, que ocupa más espacio y tiempo que el de atender los asuntos propios de la tarea de gobierno. El país pierde tiempo en un debate de personalidades y caudillos, aun cuando se le quiera revestir de vital para el futuro de la nación. Nada hay más importante para el ciudadano que ver resueltos los problemas que le afectan de manera directa, como los de la inseguridad, el transporte, el empleo, la economía en general, en ambos niveles de gobierno y en esto tienen que ver todos los actores políticos del país.

Si ya es de suyo preocupante que los partidos políticos no puedan ponerse de acuerdo para definir temas vitales en el ámbito legislativo y que el futuro de la democracia se encuentre amenazado por el encono y la pobreza de ideas, el debate entre los gobiernos capitalino y federal no ayuda a hacer mejor el panorama rumbo al 2006.

Basta ya de irresponsabilidades declarativas; la ciudadanía exige que los gobiernos asuman en serio las labores para las que fueron electos.

De las decisiones que tomen el presidente Vicente Fox, a nivel federal y cuya investidura debe estar salvaguardada por lo que representa para la República, y Andrés Manuel López Obrador, en la capital del país, depende la calidad de vida de millones de mexicanos. Justo es que ambos dimensionen su reto, cooperen entre sí en aquellas tareas que implican la conjunción de sus gobiernos y se olviden de ese aparentemente interminable intercambio de denuestos que ya fastidia a la ciudadanía y que se expresa en desasosiego, inconformidad y molestia no sólo con los dichos de cada parte, sino también con su actuación política y de gobierno en nuestro país. Por ejemplo, en el caso de los relevos de mandos policiacos en el Distrito Federal, consecuencia del linchamiento de tres agentes en Tláhuac en noviembre pasado, el debate fue igual de ríspido entre ambos niveles de gobierno, pero se pudo concluir en un civilizado acuerdo de cooperación bilateral que más o menos funciona, hasta ahora.

Resulta verdaderamente molesto que a una afirmación le siga una agresión y a ésta, otra más, y así de forma interminable: cada una de las partes debe reflexionar respecto de su responsabilidad política, social e individual de frente al gran reto que representa cumplir a los mexicanos con los compromisos adquiridos en la urnas.

A nadie conviene este juego de palabras encontradas. Es muy bochornoso. La presidencia de México merece respeto; asimismo el gobierno capitalino. Pero esa respetabilidad hay que ganarla con hechos, no con diatribas o descalificaciones. (El Universal).