"La democracia empieza por casa. Los partidos políticos pasan con dificultad la prueba de medirse democráticamente a la hora de sus elecciones internas. Lo hemos visto en todos, con mayor o menor claridad: desde los partidos dominados por una familia o un caudillo, hasta el que llegó al poder tras un esforzado ejercicio de participación de sus militantes para seleccionar un candidato a la Presidencia de la República.
El PAN está ahora ante esa encrucijada. Sin articulación posible durante el sexenio de un primer presidente accidentalmente blanquiazul, llega en 2007 a una incomprensible discrepancia entre el dirigente nacional, Manuel Espino Barrientos, y el jefe del Ejecutivo, Felipe Calderón.
Espino busca la reelección, para lo cual necesita asegurar la mayoría de los 300 consejeros nacionales que serán elegidos el 2 de junio próximo, más el grupo de 72 eméritos, formados por 40 vitalicios y los 32 líderes estatales.
La votación parece dividida, aunque los momios se inclinan en favor de Los Pinos. Esta situación forma parte de los acomodos del poder nacional, como consecuencia de la alternancia, pero complica sin necesidad la tarea del jefe del Ejecutivo, que abrumado por los problemas de seguridad, falta de empleos, alerta energética y reforma del Estado, para citar los retos más visibles, tiene además que disputar, dentro de su propio instituto político, una legitimidad que le escatiman a todas luces otros partidos.
En rigor, el problema es planteado por un dirigente que pareciera anteponer su futuro personal a los intereses del instituto que representa y de la nación en que se enmarca. El presidente Calderón se juega buena parte de su prestigio político si no puede asegurarse ni siquiera el apoyo del organismo al que dirigió él mismo en su momento.
Por supuesto, aun si la partida interna del PAN se tornara en su contra, todavía tendría el recurso de armar alianzas con parte de la oposición, como ya lo ha hecho con el PRI. Sin embargo, la mala senal no pasaría desapercibida si de la sana confrontación de ideas se transita hacia una batalla campal que subraye la soledad del ejercicio de gobierno.
Ya no es suficiente la explicación de que el PAN tiene en su ADN un espíritu de oposición. Destroza toda lógica política que el partido que ganó la Presidencia se sumerja en una pugna desbordada, porque puede llegar a ser un estorbo gratuito para una Presidencia que si de algo está sobrada es de problemas cuya solución compete no sólo a los panistas, sino a todos los mexicanos.
Necesitamos partidos vigorosos y democráticos en su régimen interior, no burocracias ni personalidades que secuestren la representación política.
Nadie anora la cultura del ""zQué horas son? Las que usted diga, senor presidente"", pero deben privilegiarse los proyectos que sumen, no los que resten fuerza para llevar adelante acuerdos. Los partidos deben concebirse a sí mismos como un eslabón indispensable en la construcción democrática del país.
La primera víctima de un enfrentamiento estéril en el PAN puede ser, precisamente, el propio partido. A nadie beneficia eso. (El Universal)
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