Tradicionalmente, la izquierda se ha asumido como la defensora de los principios por encima del pragmatismo, la corriente política que prefiere renunciar a la rentabilidad política en pos de la congruencia ideológica. Se ufana de una superioridad ética que, sin embargo, no ha podido demostrar en los hechos.
La izquierda en este país ha perdido la oportunidad de presentarse diferente al resto porque sus prácticas internas son autoritarias, porque tolera el clientelismo con tal de ganar elecciones, porque se ha negado a romper con el caudillismo, porque ha sido incapaz de aportar una versión ética del mundo globalizado. En suma, nuestra izquierda ha fracasado en presentar a la ciudadanía una visión coherente y atractiva de la política.
Sólo en este contexto puede entenderse el apoyo incondicional que dieron los partidos autodenominados de izquierda al Sindicato Mexicano de Electricistas (SME). Desde luego, toda crítica que se haga contra el sindicalismo mexicano como concepto será injusta, pero el de ayer no fue un respaldo en abstracto, sino una legitimación explícita de las prácticas corporativas, las corruptelas, las prestaciones leoninas, el secuestro de los recursos públicos y la ausencia de elecciones democráticas al interior de ese sindicato.
Nuestro país necesita combatir la asfixiante oligarquía que reduce oportunidades a la población y secuestra el espacio público, pero no será apoyando a los amigos de esos intereses como se conseguirá la justicia social, porque el SME, en el fondo, es parte de esa oligarquía. Una casta de privilegiados por consideraciones políticas, no por los criterios del bien común.
Lo peor es que hoy la izquierda mexicana, además de haber extraviado la ética, parece poco interesada en hacer de ella su bandera.
El Universal











