La modelo brasilena Ana Carolina Reston Macán murió esta semana de anorexia, la enfermedad sicosomática de mayor crecimiento en el mundo, según documenta la Organización Mundial de la Salud (OMS).
La información no pasaría de ser la nota insólita de la semana, si no fuera el espejo de lo que sucede en el mundo y también en México, donde las autoridades sanitarias registran un verdadero problema de salud pública ya que entre 5% y 10% de la mortalidad infantil y juvenil del país se debe a este padecimiento.
Peor todavía se sabe que 87% de las adolescentes en secundarias y preparatorias del DF se encuentran obsesionadas con su peso y han realizado dietas. El problema es grave y está más cerca de nosotros de lo que pensamos.
El temor a la obesidad, así como la inconformidad con la figura propia, son roles culturales inducidos que llevan a la depresión y a la ansiedad, principalmente a ninas de entre 14 y 16 anos, que es cuando se presentan los primeros síntomas del problema, pero pueden prolongarse toda la vida.
Su origen no sólo es producto del bombardeo comercial de las grandes transnacionales de la industria cosmética y de la moda -que establecen estándares de belleza inalcanzables-, sino que se retroalimenta con prácticas discriminatorias en centros de educación y trabajo, como documenta el Fondo de Desarrollo de Naciones Unidas para la Mujer, que incluye a la talla y la imagen como dos de las exigencias más recurrentes de los empleadores para contratar personal femenino.
El mundo está alerta ante la expansión de este dano a la salud y los mexicanos debemos subirnos a dicha tendencia. El mes pasado, durante la 44 edición de la Pasarela Cibeles, la Comunidad de Madrid impidió a las mujeres muy delgadas participar. Estableció rigurosas medidas límite en peso e índice de masa corporal de las modelos.
En general, la medida fue bien aceptada en los círculos médicos y siquiátricos internacionales, no así en el circuito de la moda, París y Londres rechazaron la reglamentación espanola. Aún así, ya se sentó un precedente de importancia que debería imponerse como estándar mundial, no sólo por la salud de las maniquíes vivientes que se dedican a eso, sino fundamentalmente la de nuestros hijos e hijas, que bien pudieran estar ya obsesionados con alcanzar las medidas físicas de Kate Moss o Heidi Klum, sin saber que lo que sigue es la enfermedad y la muerte, como le sucedió a Ana Carolina.
En esta tarea, además de la familia -que debería ser la principal detectora de trastornos de la alimentación de los adolescentes-, el sistema educativo juega un papel de vital importancia, como lo demuestran las estadísticas levantadas por el gobierno del Distrito Federal o la Universidad Iberoamericana, cada vez más profesionales y reveladoras.
Hay que trabajar mucho en la autoestima de nuestra juventud y en la guía hacia un equilibrio alimenticio, donde la meta no sea la imitación de lo inalcanzable, sino la aceptación del cuerpo propio y su mantenimiento en forma por razones no de una estética impuesta sino de salud. En el ámbito oficial se debe trabajar en el sentido de incluir a este tipo de enfermedades dentro de las de mayor prioridad, no sólo de manera reactiva, sino fundamentalmente preventiva. (El Universal)











