La epidemia que no vimos

La epidemia de influenza AH1N1 fue más peligrosa en México porque, a diferencia de otros países, nuestro deficiente sistema de salud pública orilla a las clases medias y bajas hacia la automedicación. Pero hay plagas y bacterias aún más peligrosas, no porque sean mutaciones nuevas, sino porque quienes las padecen ni siquiera tienen los recursos para automedicarse.

Ratas, piojos, chinches, mosquitos y garrapatas conviven con miles de familias mexicanas todos los días. Animales que a su vez transmiten padecimientos como dengue, rickettsia, mal de Chagas, paludismo, malaria y tuberculosis. Es un problema de salud, pero que tiene que ver más con servicios públicos que muchos damos por sentado -como agua potable y alcantarillado-, que con tecnología hospitalaria o sistemas de vacunación.

De acuerdo con el Consejo Nacional de Población (Conapo), en 2005, 17 millones 877 mil 233 personas vivían en localidades de alta y muy alta marginación. Casi uno de cada cinco mexicanos. Esa situación implica no tener pavimento, drenaje, agua limpia, recolección de basura -condiciones ideales para la reproducción de parásitos y bacterias- y la alimentación mínima requerida para que un ser humano sea capaz de afrontar el ataque de microorganismos. Por eso nunca vemos enfermedades como el paludismo en ciudades con cierto nivel de vida.

La posibilidad de que un virus desconocido, potencialmente mortal, atacara a nuestros vecinos o familiares hizo que millones de personas cerráramos negocios, cambiáramos hábitos de consumo y reconsideráramos el valor de la higiene. Los medios de comunicación nos centramos en ese tema y las autoridades enfocaron todos sus esfuerzos en erradicar la epidemia.

Si pavimentáramos calles, tratáramos la basura y distribuyéramos el agua con la misma seriedad con la que atendimos el AH1N1, salvaríamos la vida de muchos cuyo único descuido sanitario fue nacer pobres. (El Universal)