La falsa alerta permanente

"Un ano más. Bien lo dijo el gran físico Niels Bohr: ""Es difícil predecir el porvenir, especialmente cuando se trata del futuro"". Por lo tanto, le echaremos un ojo al pasado reciente.

La imagen del mundo que nos llega todos los días, más por las imágenes que por las palabras escritas, ciertamente es catastrófica. Cada día nos trae su aluvión de malas noticias. Cuando no es el registro del cambio climático con sus tornados, ciclones, inundaciones, sequías, desertización y deforestación, cuando no nos anuncian que se acaba el agua, la tierra de labor o el petróleo, es el capítulo del odio cainita: ayer en la ex Yugoslavia, en Ruanda, hoy en Darfur, Congo y quizá otra vez Ruanda.

Genocidio por aquí, guerra civil implacable en Sri Lanka, Somalia, Nigeria, Chad, violencia interminable y ya sin adjetivos en Colombia; guerras sin fin en Afganistán e Irak, y la cuestión kurda y la crisis permanente del Medio Oriente que desde 1947 amenaza con provocar un estallido mayúsculo. Y la amenaza tan real como magnificada del terrorismo islámico, los conflictos que no dejan el Cáucaso en paz desde 1988: Chechenia, Armenia, Azerbaidzhan, Georgia, etcétera. Y la represión por los cuatro vientos, los fracasos de la democracia, el repunte de los despotismos deseados por una mayoría desesperada, el narcotráfico y su violencia propia.

Imposible dar la lista completa de los acontecimientos mortíferos que animan nuestros noticieros, casi imposible escapar a la sensación de que nuestro mundo va de mal en peor y que nuestro México tampoco se puede salvar del desastre. El levantamiento de enero de 1994 en Chiapas resultó ser un milagro de pacifismo y de racionalidad, pero la violencia de los narcosicarios parece incontenible y la gangrena del tráfico de droga afecta profundamente nuestro cuerpo social y político; no podemos medir la realidad de la amenaza guerrillera, pero no podemos negarla. Ahora bien, no debemos dejarnos angustiar y desmoralizar por lo que Federico Nietzsche llamaba ""la falsa alarma permanente"", esa necesidad de los medios masivos de comunicación, ese amarillismo que obedece a la necesidad de vender o de ganar audiencia; las malas noticias, las catástrofes venden mucho y captan la atención.

Les voy a regalar para el Día de Reyes las buenas noticias mundiales que pasan inadvertidas o desestimadas y verán ustedes que no es cierto que vamos de mal en peor, que la humanidad está regresando, que el desarrollo ha fracasado y que el planeta mismo no tardará en morir. Sin olvidar los acontecimientos francamente negativos de la situación actual, las amenazas demasiado reales sobre nuestras sociedades, entre ellas y adentro de ellas, debemos reconocer que el mundo ha cambiado para bien en los últimos 60 anos.

Llegué a México en 1962 y recuerdo muy bien su situación material, social, política; había hecho unos progresos espectaculares en los últimos 25 anos, pero me tocaría asistir a progresos más espectaculares aún en los 45 anos ulteriores. Si no me creen, comparen fotos de los conscriptos, de los soldados de 1940, de 1960 y de hoy.

En el mundo, ese mundo que supuestamente va tan mal, entre 1980 y 2000, la taza de alfabetización de la población de más de 15 anos ha brincado, hasta en los países más atrasados: en Nigeria pasó de 25% a 50%, en Paquistán de 27% a 45%, en Irán de 50% a 80% y en China de 65% a 87%. Esa marcha hacia adelante aún no termina y como bien lo sabemos en México la batalla escolar no es ganada nunca, pero la alfabetización del planeta bien podría ser completa en una generación.

Si la invención de la escritura remonta a 3 mil anos antes de Cristo, la humanidad habrá necesitado cinco milenios para capitalizar este instrumento revolucionario. Aprender a leer, escribir y calcular, en un salón de clase, ninos y ninas juntos, es el inicio de una revolución mental que tiene grandes consecuencias sociales (y económicas), hasta en las sociedades que separan ninos y ninas. El despegue económico de Europa entre 1800 y 1900, despegue que le dio un tiempo el dominio sobre el mundo, se debe en gran parte al gran esfuerzo educativo anterior; pronto el mundo entero habrá vivido la misma experiencia.

El otro fenómeno, inseparable del anterior, es la ""transición demográfica"", experimentada primero por Europa y ahora en vía de realización en casi todo el mundo: se trata del famoso control de la natalidad que ha desmentido la ""falsa alarma permanente"" de la ""explosión demográfica"", del crecimiento de la población comparado con una bomba nuclear apocalíptica.

La población mundial, como la población mexicana, tardará 20 anos más en estabilizarse, pero el freno es general. El índice mundial de fecundidad bajó de 3.7 hijos por mujer en 1980 a 2.7 hoy. En la India, de 5.3 a 3, en nuestro México de 4.8 a 2.8 (en 2001, no tengo la cifra para 2007). China ha bajado demasiado, hasta 1.7, cuando se necesita 2.1 para mantener la población estable sin más; Rusia y Japón sufren el mismo problema con sus respectivos 1.2 y 1.3.

Ciertamente un bloque de países africanos y otro de países musulmanes tardan en entrar en esa etapa (más de 5 en Arabia, Irak, Paquistán, pero 2.6 en Irán, lo que lo pone a la par con México), pero sus progresos en materia de alfabetización los encaminan hacia el control de la fecundidad.

zA poco no son dos buenas noticias? Y prometedoras de un futuro mejor que el que nos muestra la pantalla televisiva y que nos anuncian los profetas de desgracias. No quiero decir que todo está perfecto y que podemos esperar lo mejor con un optimismo que conocen sólo los bienaventurados; los problemas existen y sobran, pero podemos enfrentarlos sin derrotismo.

El mundo nuestro es peligroso, pero, zcuándo no lo ha sido? Nuestro antepasado lejano, cuando salía de su caverna para ir a cazar su carne cotidiana, no sabía si regresaría con alimento o si serviría de alimento a una fiera mayor que él. Tenemos varias opciones por delante y eso vale tanto para México como para el mundo. Depende de nosotros escoger el buen camino, pero todo es posible y no solamente lo peor. ?Feliz ano a todos! No se olviden de Ingrid Betancourt y de Lydia Cacho.

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Profesor investigador del CIDE

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