"Sara Sefchovich/ El Universal * CP. Ya se sabe que la historia la escriben los vencedores, ellos deciden lo que se incluye y lo que se excluye, lo que se recuerda y lo que se olvida, lo que se festeja y lo que se conmemora, lo que se acentúa y lo que se mutila.
Su construcción tiene que ver tanto con la selección de los hechos como con la manera de presentarlos. Todo se mira desde arriba, todo es ejemplar y fundacional, todo es llevado a cabo por individuos que son dechados de virtudes y de valentía. Con esto como base se elaboran los panegíricos, se levantan las estatuas y los monumentos, se cantan los himnos, se escriben los libros de texto y se crea toda una estética y una simbología.
A veces, para oponerse a este discurso petrificado se crea lo que pretende ser otra historia, pero hasta hoy ella no ha sido sino la inversión de la misma mirada, como cuando se cambia a los héroes laicos por los religiosos y se elige a próceres de derecha en lugar de liberales.
Y es que no se concibe otra manera de pensar el pasado, una que dé cabida también a eso que Carlos Aguirre ha llamado ""las múltiples contramemorias alternativas"".
Esta disquisición viene a cuento porque hoy estamos viendo en qué consiste esa historia oficial. Con las celebraciones del bicentenario de la Independencia, los 150 anos de la promulgación de las Leyes de Reforma y el centenario de la Revolución se ha hecho más que patente que existe, como dice Carlos Martínez Assad, ""una concepción unitaria y homogénea impuesta por la historia oficial"".
Pero tenemos también un ejemplo muy claro de cómo se le construye. Es el caso de la huelga estudiantil que empezó en estos días hace 10 anos y paralizó a la principal institución de educación superior del país durante largos meses y de la que, sin embargo, apenas si se habla.
Esto llama más la atención si se le compara con el escándalo que se hizo recientemente para recordar al movimiento estudiantil de 1968, que fue motivo de discursos, exposiciones, libros y conferencias.
Me parece que las razones que explican este silencio son dos. Una de ellas es porque el movimiento del 68 iba dirigido contra las autoridades del país mientras que la huelga del 99 lo fue contra las autoridades universitarias. Y dos, porque el 68 fue resultado de y tuvo como consecuencia a un profundo cambio mental que hizo que los intelectuales ""volvieran los ojos al suelo de México"", como había pedido medio siglo antes Antonio Caso, y empezaran a preocuparse por conocer su historia, economía, sociedad, cultura, relación con el imperialismo y con los países latinoamericanos, mientras que lo que quedó de la huelga del 99 fue una universidad herida (de muerte, según el investigador Cinna Lomnitz, ""un cadáver que no podría levantarse más"").
Y sin embargo, la UNAM sigue viva y coleando, pero aún están presentes buena parte de los danos, como se observa desde las instalaciones, que siguen tomadas por grupos extremistas, hasta en su modo de funcionamiento que consiste en dos universos que corren en líneas paralelas, uno de ellos habitado por los funcionarios y académicos de élite y otro por la masa de estudiantes, trabajadores, investigadores y profesores que se afanan por salir adelante con pocos recursos.
Decía Nietzsche, la función de la historia es la de ser útil para la vida.
[email protected]
Escritora e investigadora en la UNAM
"











