En las comunidades indígenas la sociedad marcha de tiempo atrás basada en una especie de colectivismo relativo. Los habitantes por lo general deben atenerse a lo que obtienen según sus capacidades, pero en lo que se refiere a rituales y solución de problemas, es la colectividad, sobre todo de varones, la que toma las determinaciones; además, los usos y costumbres están ligados a valores preestablecidos. Por eso, cuando un factor de división irrumpe provoca un verdadero caos social, según sea el radio de influencia.
Eso desató por sí misma la guerrilla en 1994. Es decir, se trata de pasos que han sido identificados en este tipo de fenómenos, a saber, insurgencia, formación de base social con reclutamiento de milicianos, así como la presencia resistente de quienes pretenden permanecer neutrales pero que al final son arrastrados en contra de su voluntad por la violencia al sufrir toda clase de calamidades e incluso la muerte.
El Gobierno Federal de ese entonces hizo lo que debía hacer en este caso: contener a los violentos, pactar una tregua y llamar al diálogo (San Miguel). Se establecieron reglas de operación y se diseñó una hoja de ruta para el diálogo de paz (San Andrés). Hubo reconocimiento a las razones, se mostró voluntad, pero finalmente fue el Congreso federal el que en una decisión soberana no avaló el contenido de la primera iniciativa de la primera mesa, y el plan Larráinzar fracasó completamente.
Hasta aquí todos los actores son los que estarían ubicados en cualquier análisis que atienda este suceso, sin embargo, con distintas banderas, educativas, culturales, confesionales o derechohumanistas, ya había gente trabajando en esas regiones indígenas. Y qué bueno, se diría. Pues sí, pero es el caso que esos grupos intentaban a toda costa modificar militancias políticas enraizadas de tal manera que eran casi tradición. Ellos no tenían justificación para hacer eso, pero además sabían del riesgo de violencia adicional que ello implicaba en esas sociedades cerradas.
Cómo se explica que toda una comunidad (El Limar) haya expulsado a su líder espiritual en 1995 y su casa la haya entregado a quien se hizo cargo del orden regional.
Rupturas derivadas de acciones como éstas, entre otras, provocaron un fenómeno de violencia que ya no era consecuencia propiamente de la guerrilla, y que llamaron la atención por el exagerado número de muertos, más de cien, entre mujeres y niños.
Es en este contexto que se produce el lamentable pasaje de Acteal, por eso, ahora, asombra que extranjeros y presuntos afectados pretendan comercializarlo en dólares, y porque además demandan la cabeza de gente del todo ajena.











