La hora de Oaxaca

Avanza hacia la ciudad de México la marcha de los miembros de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) que, junto con integrantes de la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), buscan presionar a las autoridades federales y estatales para que sean cumplidas sus demandas, entre ellas la más notoria, de que renuncie el gobernador Ulises Ruiz.

El grupo inconforme, sin embargo, ya no es homogéneo, se ha dividido por la pretensión de los líderes magisteriales de hacer una consulta entre sus bases para ver si regresan a las aulas el próximo 2 de octubre, aun cuando no se hayan satisfecho sus peticiones, entre ellas la original, la rezonificación salarial. Esto lo ha visto la APPO como una traición al movimiento y ha elevado la tensión entre estos grupos y tiene al movimiento entrampado en la disyuntiva de hasta dónde están dispuestos a radicalizar sus acciones. Los maestros parecen no querer llegar a posiciones extremas, los demás, sí.

Ese es el problema de exacerbar ánimos y renunciar al diálogo y la negociación. Llega un punto en el que las medidas de fuerza son, aparentemente, la única salida a los problemas. Quienes apuestan a radicalizar cualquier planteamiento se arriesgan a diluir su propio movimiento en choques con quienes no están dispuestos a llegar a esos puntos sin retorno de la lucha social. Del otro lado del conflicto, el gobierno estatal también parece haber llegado a su límite negociador, pues ha pedido en varias ocasiones el uso de la fuerza pública federal para restablecer el orden en Oaxaca.

No es posible que la única lógica, de ambas partes, sea la de la cerrazón. Ninguna posición puede ser irreductible, ni los mexicanos queremos que la falta de habilidad negociadora de las partes se traduzca en violencia.

Todos los participantes de este conflicto tienen la responsabilidad de guiar a sus bases por terrenos donde, sin renunciar a sus convicciones, puedan hacer valer sus argumentos y conseguir avances. Todos, además, deben asumir su respectivo papel en el esquema de las negociaciones y también deben tener la suficiente lucidez para saber discernir en qué momento parar, cuándo ceder, y cuándo lo más prudente es hacerse a un lado para no ser un obstáculo que empane la paz social, que está por encima de cualquier otro valor político.

Oaxaca no merece más incertidumbre. Sus indicadores económicos se desploman, su afluencia turística languidece, las inversiones se han detenido, los ninos no van a la escuela, entre muchos otros males. Peor aún, las secuelas de este fenómeno amenazan con extenderse, inmerecidamente, ahora al Distrito Federal. Es tiempo de parar esta espiral de sinrazones y fundamentalismos con acciones terminantes, pero exentas de violencia.

Es hora de negociar con firmeza y asumir que no será ahorcando al pueblo de Oaxaca como mejor se le servirá, sino pensando en que ninguna salida negociada puede satisfacer a todos, pero siempre será mejor que dejar que los problemas se gangrenen solitos. Es tiempo de pensar en valores más altos que los que pueden ser exclusivamente de grupo o de personas. Como vamos, no se llegará a buen puerto. (El Universal)