La ley| molesta e incomoda

Javier Cruz Angulo * El Universal. En México la ley es una clase de leyenda urbana o un ser mítico que se aparece de vez en vez. Todos sabemos que no debemos pasarnos el semáforo en rojo e imaginamos que dicha prohibición está en alguna ley. Los miembros de la sociedad sabemos que no debemos de robar ni portar armas; también nos imaginamos que la prohibición debe estar en algún lugar del código penal.

Por otro lado, también sabemos que la ley es un ser mítico; se nos puede aparecer o tal vez no. Así las cosas, nos pasamos el alto con la esperanza de que el ser mítico no se aparezca en la personificación del policía. Las personas que cometen delitos o faltas saben que en la mayoría de los casos no se aparece la ley. Ese ser mítico sólo se le aparece a los tontos o a los que no tienen recursos.

La ley como todo ser mítico o como leyenda está llena de interpretaciones, complejidades y poderes desconocidos. En la realidad, nuestro sistema jurídico es muy complejo. En efecto, tenemos inflación legislativa, demasiadas interpretaciones, demasiadas autoridades y poco cumplimiento de la ley. Lo anterior vuelve muy complejo que la sociedad pueda convivir con la ley. Es más cómodo que sea un animal mítico; así, cualquier persona puede apoderarse de un pedazo de banqueta, pasarse un semáforo en rojo, ocupar dos carriles al mismo tiempo, robar o defraudar. Al fin y al cabo, la ley es una leyenda urbana.

El problema se centra en dos puntos: a) la ausencia de cumplimiento de las leyes, por parte de la sociedad y b) la autoridad, por lo general, no sanciona a quien viola la ley. El conflicto abarca desde quien se apodera de la vía pública con una cubeta o un pedazo de metal, hasta un ministro de culto que señala que: en México no existe el Estado laico. A mayor abundamiento, muchas de las autoridades también violan la ley, con la esperanza de que aquel animal mítico no se aparezca.

Un ciudadano común que quiera cumplir la ley en todos sus extremos puede volverse loco. Imagine lo siguiente: a) usted sale por la mañana con su vehículo, maneja, cuadra por cuadra, a la velocidad que indica la ley; no invade, ni por un centímetro, el paso peatonal, b) no encuentra lugar para estacionarse y se atreve a quitar las cubetas -usted sabe que nadie puede apoderarse de la vía pública- c) lo muelen a palos los dueños de las cubetas y d) va a denunciar, pasa usted cuatro horas esperando, y e) le dan cita para que regrese a ampliar la denuncia en dos meses. Por supuesto, usted después de esto tendrá que pagar un abogado que lo asista en la averiguación previa.

De lo narrado en el párrafo anterior, es claro que nadie quiere vivir apegado a la ley. El estado de derecho complica la vida del ciudadano hasta el hartazgo. En el día a día, es ingenuo pedir que se respete por lo menos un semáforo o que no haya tráfico. Nadie tiene un buen incentivo para respetar a cabalidad la ley, es más, hay más incentivos para no respetar la ley.

La ley como leyenda urbana tiene un último costo. En efecto, y por tonto que suene, si todos respetáramos la ley viviríamos mejor. El problema de que un solo ciudadano trate de cumplir con el estado de derecho hace recaer en él todos los costos; sin embargo, si todos respetáramos la ley los costos se dividirían en toda la población. Es igual que los impuestos, la carga recae de forma pesada sobre unos cuantos, porque la mayoría evade. Si nadie violara el reglamento de tránsito habría menos tráfico y accidentes. Pero lo anterior no va a suceder.