La llegada al vaticano

La llegada al vaticano

Días después de la elección del papa Francisco en la oficina de prensa del Vaticano se sorprendieron al enterarse que el nuevo pontífice estaba oficiando, de manera inesperada, una misa matutina.

Otros papas también habían oficiado misas matutinas, pero como pronto descubriría el mundo y el Vaticano; a Francisco le gusta hacer las cosas a su manera.

Esta misa se celebraba en la pequeña capilla de la casa de huéspedes del Vaticano, en donde Francisco decidió vivir, en vez de en el ostentoso Palacio Apostólico como es tradición.

Su audiencia no era los cardenales de la curia romana, sino jardineros, oficinistas y empleados de limpieza del Vaticano.

Francisco no sólo presidió la celebración, como lo hacía el papa Juan Pablo II: predicó, sin notas, como si fuera un sencillo sacerdote de parroquia.

Su mensaje:

“La iglesia nos pide a todos nosotros cambiar algunas cosas, nos pide hacer a un lado las estructuras decadentes, pues éstas son inútiles”.

El simbolismo de las misas matutinas, que Francisco celebraba cuatro veces por semana, reflejaba un papado más humilde, en el que el papa es, más que nada, el pastor del rebaño y no un rey.

Pareciera que Francisco no estuviese tratando de cambiar a la Iglesia Católica sino al mundo.

Actualmente, su humildad lo ha hecho inmensamente popular, una figura sonriente que camina entre las multitudes en la Plaza de San Pedro.

Basta escucharlo para darse cuenta que el papa Francisco habla en términos muy personales acerca de los olvidados por la economía global como los migrantes, ya sean los refugiados ahogados en el mar o las mujeres sin otra opción que dedicarse a la prostitución y sus profundas críticas a la destrucción ambiental han capturado la atención mundial.

Pero también es un estratega indescifrable; su presión para cambiar a la Iglesia ha despertado ansiedad y esperanza, y también escepticismo.

Muchos conservadores proyectan en él sus miedos. Muchos liberales asumen que comparte sus posiciones. Otros afirman que a Francisco no le preocupan tanto las etiquetas de derecha e izquierda como el debilitamiento de la popularidad de la Iglesia en Latinoamérica y el resto del mundo.

Muchos dicen que Francisco tiene una misión espiritual; convertir a los pobres en la preocupación central de la Iglesia; Esta búsqueda ya le ha permitido intervenir en los principales debates a nivel global, como el cambio climático, la inmigración y las reflexiones sobre la economía capitalista tras la crisis de 2008.

En cierta medida, la respuesta sobre cómo cambiará Francisco a la Iglesia y su papel en la sociedad es ignorar los muchos cambios que ya han ocurrido.

La doctrina es la misma, pero Francisco ha cambiado el énfasis y proyecta un tono más misericordioso y acogedor en una Iglesia desgarrada por los escándalos de abuso sexual de sus clérigos e identificada con la rigidez teológica.

El papa ha destacado la conexión histórica de la Iglesia con los más desposeídos, mientras hace a un lado los temas de guerra entre culturas. Como resultado, su influencia geopolítica ha aumentado, y la de la iglesia también.

Con gestos y palabras, Francisco ha confrontado a las élites una y otra vez, tanto dentro de la iglesia como fuera de ella. Ha criticado la actitud cerrada de la jerarquía católica por concentrarse en dogmas y en la “dimensión espiritual del mundo”, pero muy poco en la personas común. También ha atacado la ortodoxia que prevalece en la economía global, pues considera que la creencia de que los mercados y la búsqueda de la riqueza sortearán todas las dificultades, es una ideología falsa que no resolverá de manera integral las necesidades de los pobres.

Desde el momento en que salió al balcón de la Basílica de San Pedro para saludar a las masas tras su inesperada elección en marzo de 2013, Francisco hizo historia como el primer papa latinoamericano.

Esa noche incluso bromeó y dijo que sus hermanos cardenales habían ido al fin del mundo para encontrar al nuevo papa.

Fue un sutil recordatorio de la gran distancia que separa a su país de origen, Argentina, del Vaticano. Pero lo que ahora está claro es que no era solo una broma. El “fin del mundo” también era una metáfora para referirse a las villas miseria, como se le conoce a los barrios pobres en Argentina, y el punto de vista de la iglesia latinoamericana que él traía al Vaticano.